En 'Diez versiones de Kafka' Maïa Hruska explora cómo cambia la literatura del checo en diferentes idiomas hilvanando en sus reflexiones temas como el exilio, el valor de las lenguas maternas o las reclamaciones políticas de los Estados sobre ciertas figuras artísticas

Fotografía de pasaporte de Kafka fechada 1915-1916.
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Kafka quizá sea el único escritor que se ha apoderado de una letra del alfabeto. La K es emblema reconocible del autor praguense, sus personajes y su mundo: una literatura que se bifurca en cada lectura y traducción. Es la tesis con que Maïa Hruska cierra Diez versiones de Kafka: cada traductor lo reflejó a su manera y, al mismo tiempo, "se proyectó en él". Estos diez que lo dieron a leer en otras lenguas marcaron su recepción. Si se reunieran alrededor de una mesa para hablar de su obra, "¿tendrían la impresión de hablar del mismo hombre?". Seguramente no.

Diez versiones de Kafka
Maïa Hruska
Traducción de Rubén Martín Giráldez. Anagrama. 224 páginas. 21, 90 ¤ Ebook: 11,99 ¤
Hruska abre sus casos de estudio con el ruso. La relación entre la sobriedad y el desapego de Kafka y los soviéticos no fue fácil: circuló en samizdat hasta los años sesenta en traducciones anónimas -la invisibilidad máxima-, hasta el punto de que algunos lectores lo creían un disidente. De ahí ascenderá hasta Milena Jesenská, pasando por Borges, Celan, Primo Levi y los pioneros del hebreo. Con Kafka, ningún trasvase a otra lengua es inocente. ¿Qué significó traducirlo del alemán -"lengua de la muerte"- al checo, su otra lengua? ¿Y al polaco, por parte de una futura víctima del Holocausto? ¿O al rumano, por un poeta superviviente?
En cada perfil se hilvanan temas transversales como la marca del exilio, el valor de las lenguas maternas o las reclamaciones políticas de los Estados sobre ciertas figuras artísticas, según su lengua, pasaporte o religión.
Kafka padecía el mal del políglota: "sentirse incómodo en todas las lenguas". Frente a esa intemperie, Hruska rastrea en cada traductor su pokoj, palabra checa que designa a la vez habitación y calma, el cuarto propio que es también refugio interior. Cada uno trabaja desde el suyo: la biblioteca de Borges, único lugar habitable para quien tampoco toleraba el mundo, aunque para él el infinito fuera regocijo y para Kafka, encierro; el "meridiano" de Celan, patria portátil cosida con la lengua materna, donde el alemán -"bálsamo y herida"- se vuelve órgano lastimado; el apartamento turinés de Levi, "milagro de supervivencia" que la traducción de El proceso acabó dinamitando hasta atravesarlo "como una lanza, como una flecha". Pero de la buena premisa inicial hay capítulos en que se pierde la línea argumental en la concatenación de datos e hilos narrativos, y las biografías eclipsan las propias traducciones.
En el capítulo sobre Jesenská, única mujer aquí y la única que conoció a Kafka en vida, Hruska lee la prohibición conjunta de ambos en 1948 como un desahucio del idioma íntimo que los unía: el censor checo habría llevado al pie de la letra la tesis benjaminiana de que "traductor y autor son uno solo". Pero pasa por alto el valor propio de Milena como escritora, fijándola de nuevo en el rol subordinado de "la traductora de Kafka". Con todo, este corpus nos recuerda que a Kafka en parte lo leemos con los ojos -y desde el pokoj- de quienes lo amaron primero.




















