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De las raves al cosmos: la sinfonía visual de David Magán
ENRIQUE PALACIO · 2026-05-14 · via La Lectura

Actualizado

Hay artistas que comienzan su carrera casi por vocación divina, pero David Magán lo hizo por una novia. «Su padre era un historiador súper conocido, ahora es director de la Real Academia de Bellas Artes, y su madre era pintora», recuerda. «Tuve la oportunidad de ver lo que era una casa llena de esculturas, pinturas y vidrieras, porque en mi familia no había ninguna tradición de este tipo. Todo esto dejó como un poso en mí que fue muy importante».

De aquella semilla ha brotado un cuerpo de trabajo geométrico, complejo y riguroso que ahora se expone en la Opera Gallery de Madrid. Obras que hablan el lenguaje universal de la abstracción y se apoyan en las matemáticas, pero buscan replicar la «contemplación del cosmos y de la naturaleza, crear un momento de reflexión que te abstrae de lo cotidiano, de la vorágine y del ruido», afirma el artista sobre la trascendencia poética, incluso espiritual, de sus geometrías atravesadas siempre por la luz.

El posicionamiento creativo de Magán se adentra en la tradición del arte abstracto que iniciaran Hilma af Kilnt, Paul Klee y Piet Mondrian, desligándose de las temáticas políticas con las que a menudo se cargan ciertas obras de arte en la actualidad. Sus piezas apelan al ejercicio contemplativo más que al ideológico. «No trabajo conceptos políticos de manera directa, aunque sí tengo un posicionamiento político. Al desvincular mi obra de todo tipo de simbologías, lo que busco es la universalidad, intento acercarla a cualquier persona independientemente de su género, religión y creencias», sostiene.

Una de las piezas de David Magán.

Una de las piezas de David Magán.CORTESÍA ÓPERA GALLERY

Halos, una de las series que presenta en su muestra Ejes de la percepción, sería un buen ejemplo de esa vocación absoluta e incluso mística, «pero disociada de la religión», subraya Magán. Realizadas en metacrilato, son esculturas colgantes o planos murales formados por diferentes geometrías translúcidas superpuestas. Aquí los tonos cromáticos aparecen difuminados, sembrando la mirada de una confusión neblinosa, casi como si se desvanecieran en el aire. En otras series como Binaries el juego de luces y sombras es fundamental, mientras en las piezas de gran formato de Spatial Forms los colores se vuelven más contundentes, incluso ácidos.

Lo que podrían parecer obras de arte formales se reelan como recreaciones de la arquitectura escondida de la naturaleza, réplicas sintéticas de la geometría del universo. Con ellas, Magán desea que el ser humano sienta el mismo vértigo que frente al cosmos. «Siempre hemos mirado al cielo intentando obtener respuestas de nuestra propia existencia», reflexiona el artista, que detecta en ese ejercicio una dualidad clave para entender su obra. «Por un lado, encuentras la belleza de los astros. Por otro lado, sientes la incomprensión que surge de esa observación, el miedo de lo infinito o lo inalcanzable, de lo etéreo».

En la estética de Magán se cruzan los cálculos, la luz como materia y estrategia, las formas simples que se complican al encontrarse y una estética que puede recordar a las obras de Jesús Rafael Soto, el arte cínético o los trabajos desarrollados en la confluencia del hombre y los ordenadores, como los que se llevaron a cabo en el Centro de Cálculo durante los años 60 en España. Un legado visual que en ocasiones podría acercarse incluso a la iconografía pop de la ciencia ficción. Como aquel panel de rectángulos luminosos que repetían una serie de notas musicales con el que los humanos conseguían comunicarse con los extraterrestres en Encuentros en la tercera fase.

«Me encanta la astrofísica. Me fascina todo lo relacionado con la comprensión del universo. Imagino que eso habrá dejado cierta huella en mi obra. Y sí, soy amante del cine de ciencia ficción», admite Magán. Menciona clásicos interestelares como 2001: Odisea en el Espacio, también Gattaca e incluso Barbarella. Y si tiene que buscar artistas contemporáneos con los que medirse, ve reflejada su obra en la de James Turrel, Anish Kapoor u Olafur Eliasson, genios del arte perceptivo. Con todos ellos el artista madrileño comparte una forma de trabajar donde la definición formal de la obra adquiere una precisión científica, como de laboratorio.

Magán aprendió la destreza escultórica lejos de la facultad de Bellas Artes, que descartó por un acceso basado en el dibujo al carboncillo y un primer ciclo centrado en pintura y dibujo que le resultaban anacrónicos. «Siempre he tenido claro que lo mío era la escultura», dice. Su formación pasó por una mítica escuela de artes y oficios del barrio de Malasaña, La Palma, una especie de mini-Bauhaus algo hippy y excéntrica al circuito artístico tradicional, donde se trabaja a partir de los materiales más que de los conceptos.

Durante sus años de estudiante, a principios de los 2000, Magán también se acercó a la música electrónica y al mundo de las raves y del techno. Algo que acaba infiltrándose en sus esculturas y composiciones. «Esa sensación de vértigo, los efectos de las luces, pertenecer a un grupo y estar conectado con otros de manera espiritual es algo que se puede encontrar en mi trabajo», asegura.

Ahora, aquella sinfonía rítmica de sonidos digitales y tribales de su juventud se condensa en obras de resonancia casi sagrada, composiciones atravesadas por un misticismo científico que nace del lenguaje matemático con el que se ordenan la naturaleza y la belleza. Una elegía espacial que transporta lejos al espectador.