El emblemático establecimiento encara su 65 aniversario liderando la confección de obras de arte para las máximas figuras

El sastre Antonio López posa para GRAN MADRID desde el taller de Fermín.
Gonzalo I. Bienvenida Madrid
Actualizado
Antonio López es el último maestro de la costura taurina. Custodia un legado de 64 años de historia. El piso de la calle Aduana divide sus codiciados metros entre la zona de taller y una de tienda con un mostrador principal de nogal con una enorme estantería coloreada con capotes y muletas. La atmósfera que crean las paredes revestidas de madera te trasladan a otra época. Una sastrería confecciona la segunda piel de los toreros, la que brilla en el ruedo: los vestidos de luces.
Sin escatimar una sonrisa, el trato de Antonio denota exigencia y rigurosidad, empezando consigo mismo: «Nunca lograré igualar a mi hermano». Se refiere a Fermín, le sacaba 14 años, a su lado vio cómo se innovaba el vestido de luces dándole la estética actual. Fermín fundó este establecimiento en la década de los 60 tras emanciparse del sastre que fue referencia para las generaciones anteriores, otra leyenda, Santiago Pelayo.

El sastre Antonio López posa para GRAN MADRID desde el taller de Fermín.JOSÉ AYMÁ
Antonio comenzó en una sastrería de la calle Cervantes, aprendiendo el oficio desde la base: Adaptando trajes de padres a hijos mientras estudiaba por las noches corte y confección. Fermín podría habérselo puesto más fácil pero quiso que su hermano empezara de cero. «Me decía que no quería que aprendiera sus defectos, entendí que tenía que esforzarme al máximo si quería estar al lado de mi hermano».
Un oficio artesano
La confección de un vestido de luces puede llevar hasta un mes de trabajo y hasta seis manos se lo reparten. Fermín cuenta con un equipo de catorce personas. Una artesanía específica que se está perdiendo. «Es muy difícil encontrar personas que se dediquen a este oficio, que quieran trabajar aquí porque hay un volumen grande. Hay que amar esta profesión. El personal es fundamental, la vida ha cambiado mucho», reconoce.
El lujo de las obras de arte que salen de este taller reside en el cuidado de cada uno de los detalles. Del diseño del bordado escogido por el torero a cada elemento que aporta valor: los golpes, las hombreras, los machos, los caireles... La chaquetilla, el chaleco y la taleguilla lucen un bordado que escoge el torero. Cada puntada no solo aporta el trazo indicado del dibujo elegido, también se embellece con canutillo, lentejuela o morita. Una confección que huye de la inmediatez del resto del mundo. «Lo artesanal no se puede hacer deprisa. Coser es como escribir bien; es cuestión de mucho tiempo y de mucha paciencia, de ver mucho, en el caso de los escritores de leer mucho», asegura.
Creaciones de 16.000 euros

Morante de la Puebla, con el traje de Fermín el día de su regreso en Sevilla, en la pasada Feria de Abril.J. M. VIDALEfe
Son innumerables los vestidos que deberían habitar vitrinas de un museo. Llamó mucho la atención el rioja y oro que lució Morante de la Puebla en Sevilla el pasado mes de abril, premio otorgado por el Centro Riojano de Madrid al diestro cigarrero como triunfador de San Isidro 2025. Se estima que el valor de este vestido ronda los 16.000¤ pero Antonio no quiere desvelarlo: «Es una confección especial por quién me lo encarga y para el maestro que es. El trabajo que llevó ese vestido fue incalculable. Morante es un artista que está en la historia, los dibujos se han basado en diseños antiguos». La joya ha quedado inmortalizada por una faena antológica de Morante que se quiso premiar con la Puerta del Príncipe.
Los vestidos se suelen bordar en oro, plata, azabache o hilo blanco. No es habitual la pasamanería blanca en matadores, deslumbró el azul rey que estrenó Sebastián Castella en la recién concluida feria de Pentecostés de Nimes. El abanico de colores que ofrece Fermín asciende a cincuenta referencias. La superstición también juega su papel a la hora la elección definitiva. «Todo lo que pasa en la plaza tiene que ver con la suerte, si asocian un color a un percance es lógico que lo eviten pero no son obsesivos. Lo colores hablan de su estado de ánimo, de sus referentes, del momento de su trayectoria, entre otras variantes», explica.

Traje de Fermín estrenado por Castella en Nimes, el pasado fin de semana.EM
Tratar con estrellas se antoja complicado, pero Antonio lo tiene naturalizado. Lleva toda una vida conviviendo con ellos. «Cuando me quedé al frente de la sastrería tuve que ganarme su confianza. No veo a los toreros como clientes, sino como amigos. Aquí deben venir contentos. Ese ha sido mi objetivo, no me ha pesado echar 18 horas al día para cumplir con el objetivo de que no caiga esta casa».
De Fermín han salido otros grandes sastres con los que ahora se reparte la élite de la torería, especialmente Justo Algaba y Santos. Recuerda la sensación al recoger el legado de Fermín: «Aunque te pueda molestar que te estén vigilando cuando te dejan de vigilar los parámetros que tenías desaparecen». Su espíritu es de auténtico maestro: «El conocimiento no es propiedad de uno. Somos transmisores de un saber que lleva muchas generaciones, no se puede perder. Otra de mis preocupaciones ha sido allanar el camino a los que vengan después», confiesa.






















