

















¿Qué pinta aquí la poesía? Se lo pregunta cualquiera, común o artista, incluso es un hábito de su santidad Paolo Sorrentino: en boca del actor Silvio Orlando lo lanza, por ejemplo, en The New Pope, con aquel ¿Saben qué es lo más terrible en estas interminables batallas por los derechos? Que no dejan lugar para la poesía. Pero basta con recurrir a Nicanor Parra, otra santidad, para dar con la réplica: «Decía que el poeta está obligado a hablar de los problemas de la tribu y que lleva siendo así desde que nos reuníamos en torno al fuego. Las historias que contamos reflejan lo que nos preocupa», explica Miguel Ángel Vázquez, poeta, 80 metros2-120% del sueldo para el alquiler y editor-librero de La Imprenta, en Malasaña. Y Belén García Nieto, poeta, 95 metros2-1.100 euros de hipoteca y programadora informática, cita a más rapsodas sacros como María Ángeles Maeso y Enrique Falcón. Para abundar: «Escribimos con lo que nos obsesiona y quita el sueño, dice una, y la poesía no crítica es una poesía útil para el poder, dice el otro. Entonces es bello y urgente, para que resuenen las ideas aplastadas por discursos dominantes, nuestra forma de mirar al mundo». Ganan por mayoría, pues aguardan más poetas, avisamos. Con el convencimiento de que «la poesía no es un capricho, no es un adorno a la causa; hace falta componer los himnos del mundo nuevo». Y en este, pero también en la España pretérita, la crisis de la vivienda, con sus monstruos, sus utopías y su dignidad, es ineludible.
Así lo defienden las 95 voces contemporáneas de la antología Poemas habitables (La Imprenta), publicada en la antesala de otra manifestación de la vivienda, la autonómica de este domingo, marcada por el reciente derribo de la prórroga de los contratos de alquiler en el Congreso de los Diputados y por la demanda de reformas estructurales. Claman por el derecho a un techo, y decente, porque les va la vida, el barrio, la memoria, el activismo, el hábitat y el futuro en ello -así se estructura el libro-. «Pasé una noche de pesadilla cuando le pedí la prórroga a mis caseros. Llevaba un mes allí, había terminado ese día de deshacer las cajas de la mudanza y lo mismo debía irme», relata Edurne Batanero, poeta, 56 m2-el alquiler cuesta su salario, trabajadora social y coordinadora de la antología. Acaba de abandonar el barrio donde construyó su existencia y forjó lazos, para los que ahora debe salvar kilómetros y horas. «Y para que siga existiendo el barrio. Parece que somos intrusos en ciertas zonas», lamenta. «Al buscar dónde vivir, en esos sueños de hipoteca, mi pareja, que no es de Madrid, encontró una casa en San Cristóbal de los Ángeles, justo en la calle de mis bisabuelos. No podían vivir en otro lado, al ser presos políticos. Y guau, yo iba a volver de vuelta hacia donde salió mi familia».
En Poemas habitables cada cual acarrea su propia «ansiedad o trauma» con la vivienda, como tilda García Nieto, ya se trate de los poetas consagrados, Premios Nacionales o emergentes aquí convocados. Ella misma carga con esa «sensación de que nunca te vas a poder establecer». Al tiempo que ha comprobado, tras sus traslados de La Latina a Lavapiés a Arganzuela empujada por la gentrificación, y tras su década en la PAH, «que encima tu situación no es ni mucho menos la peor». La propia antología funciona como memoria coral y reivindicación compartida, desde la singularidad y el pulso de cada voz, ya sea de una u otra geografía, condición, edad, escriba en una u otra lengua o en editoriales mainstream o periféricas. Es un lugar de resistencia y aliento, un airear las vergüenzas y responsabilidades políticas y mercantilistas, un canto de duelos, memoria, rutinas y vínculos preciosos, una llamada rabiosa contra el inmovilismo.

El recital de presentación del libro, en La Imprenta, en Malasaña.
Porque, como avisa Aurora H. Camero, escritora, 50-70 m2 compartidos y 2/3 del sueldo para el alquiler y también acomodadora en un teatro: «La precariedad es una especie de pasaporte del cual nadie está eximido». Ahí va su vía crucis inmobiliario: «En estos 15 años en Madrid, me he visto en situación de calle al menos un par de veces y aun cumpliendo con mi trabajo en hostelería. El tema de la documentación fue una gran dificultad para la vivienda, estuve casi 10 años sin papeles, con trabajos bastante precarios. En algún momento tuve que ocupar edificios de fondos buitre, en barrios donde se tapian casas para que simplemente la gente no tenga donde vivir», rememora. Vázquez también recuerda aquel trastero de 20 m2 en Puente de Vallecas, por el que tuvo que "rogar a la casera una rebaja de 100 euros para poder permanecer un mes más". El balance del Consejo de la Juventud de España, publicado ayer, reveló que la juventud destinó en 2025 un 98,7% de la nómina al alquiler en solitario y el 33,6% al compartido, enfrentándose al precio más alto desde que existen registros: 1.176 euros mensuales.
Y tercia Antonio Crespo Massieu, poeta, 90 m2-con la ayuda de su padre para comprar entonces y profesor jubilado: «Mi primer piso fue en Moratalaz, en 1975, pero había un colchón familiar, unas posibilidades, ir consiguiendo una casa poco a poco, que no es comparable con la pesadilla actual que se vive. Aunque Madrid también es el escándalo de la Cañada Real, con infraviviendas sin luz, como se vivía en los 70 en el Pozo del Tío Raimundo, en Palomeras, Pan Bendito... Al contrario de ese discurso de Vox que dice que en aquellos tiempos se podía conseguir casa. Claro, eso era la pequeña burguesía, a la que le iba bien».
Vázquez (44 años), García Nieto (44), Batanero (30), H. Camero (32) y Crespo Massieu (75) brindan sus testimonios en la entrevista con GRAN MADRID, pero en la antología amplían la constelación. Hacia la infancia frente a la propiedad o la inversión; hacia el amor y el duelo por el barrio que ya no será; hacia cómo la vivienda puede usarse como estrategia institucional para generar terror; hacia los desahucios; hacia un hogar que alivie las heridas con nuevos afectos y convivencia política. Y hay más. Resuenan Luz Pichel, Elena Medel, Marta Sanz, Antonio Orihuela, Bibiana Collado Cabrera, Eduard Olesti, Gloria Fortún, Jorge Riechmann, María Ángeles Pérez López, Sergio C. Fanjul, Miriam Reyes, Iván Vergara, Yolanda Castaño... «La poesía no es un añadido bonito para hacer más digerible la causa de la vivienda, está en el propio tronco. Es una forma de traducir el mundo, de sumar la experiencia universalizada a la lucha por derechos», explica Vázquez sobre el poemario, frente al boom ensayístico. «La belleza y el desgarro nunca cabrán en un ensayo», añade Batanero, también activista. «Parece que la cultura debe amenizar y generar caja. Pero hay que defender que la cultura es política y es social. No somos el bufón de la militancia».

Público y poetas asisten al recital, la pasada semana.
Enarbolan la tradición crítica, pese a que la poesía haya caído en desgracia, como tituló Juan Carlos Pérez Mestre. Porque «el lugar de la poesía está en las luchas», destaca Crespo Massieu. «Tal vez el problema es que muchas veces tuvimos ausencia de poesía, como un cuestionamiento radical de la realidad, empezando por el lenguaje, y como una obstinada defensa de la dignidad humana, de hacer realidad la utopía». Y enumera protestas donde se incluyeron recitales: por Gaza, delante del Congreso por la emergencia climática, por los 6 de Zaragoza... «La poesía no tiene límites, puede expresar lo casi inexpresable», asegura, y Vázquez alude a Riechmann, profesor universitario que, además, enfrenta una pena de cárcel por acciones de desobediencia civil. «Dice que la poesía no cambia el mundo, pero que cambia a las personas que lo tienen que cambiar».
Y ahí señalan a los políticos, de uno u otro espectro, como los promotores del desastre. «Es un escándalo que el Gobierno más progresista de la democracia no haya tomado medidas en dos legislaturas». O «Madrid se está convirtiendo en una ciudad inhabitable, en un parque temático, que es el modelo de Ayuso». O «el mercado está intervenido, pero por las empresas». O «cumplimos obligaciones como ciudadanos y trabajadores, pero el Estado no atiende las necesidades básicas».
¿Dónde queda la poesía en la refriega contra Goliat?, insistimos. Quizá en hallar, al fin, «un hogar LGBT con personas maravillosas donde abrirse a la convivencia», como H. Camero, o en «descubrir que Chamberí era un barrio, tras el 15-M, y crear amistades en la extinta Casa de la Cultura y poder saludar a la gente por la calle», como le sucedió a Crespo Massieu. Quizá entre «la lucha colectiva, con esa sensación de estar en el mismo barco aunque no nos conozcamos», como García Nieto, o «en la cantidad de gente siendo feliz en la calle por no tener que trabajar durante el apagón», como rescata Batanero. Y sin duda, en el vecindario felicitando a su hijo con pancartas desde los balcones, por su primer año durante la pandemia, como emociona Vázquez. Hoy, ninguna de esas familias reside ya allí.
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