Fue la corresponsal en China de RTVE durante la primavera del coronavirus. Desde 2021 trabaja en París. Su segundo libro, 'Cuéntame el olvido', investiga en la vida de su abuelo, un hombre de campo sencillo que fue preso político

Mavi Doñate.

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- Me acuerdo de la primera vez que salió una conversación con amigos del tipo: «¿Qué hacía tu abuelo en la Guerra Civil?». Fue con gente del trabajo, o sea, ya adultos.
- Este libro es muy generacional, también habla de los españoles que tenemos en torno a los 50 años. Yo tenía cuatro cuando murió Franco. A mis amigos y a mí, la Guerra Civil nos parecía Prehistoria. Crecimos en una democracia, en un país emergente. Pudimos estudiar, ir al médico sin pagar... Todo lo anterior nos sonaba ajeno. Pero para nuestros abuelos era su ayer. Y había ahí un trauma. ¿Tiene sentido que sigamos manteniendo ese trauma? Es una de las preguntas del libro. Habrá gente que me diga que sí, que no estamos preparados para saber la historia de nuestros abuelos. Y habrá gente que me diga que no, que es necesario saber. Yo no voy a contestar.
- ¿Qué cambió en su caso y la llevó a escribir?
- En París hice algún reportaje sobre los hijos de los exiliados republicanos y descubrí que ellos sí tenían muy presente la historia de sus padres en la guerra. Ese fue el motor que me llevó a escribir y a rescatar el diario de mi abuelo. Yo pensaba: si no sé nada, no sé ni en qué bando cayó mi abuelo.
- La conversación con amigos que le dije antes fue amistosa. Nadie se puso a la defensiva. El que tenía alguna anécdota graciosa la contaba como una broma. Pero no sé si eso es una cosa del pasado.
- Vivimos en un mundo polarizado, ¿qué le vamos a hacer? Mire, una de las líneas rojas que me puse cuando escribí fue no hacer de este libro una causa, ni una venganza. Sé que está el riesgo de que alguien lo utilice. Vale, lo asumo. Pero no escribí para eso. Escribí porque lo contrario habría sido ilógico. No contar la historia de mi abuelo con ese diario que es maravilloso... Eso sí que habría sido una locura. ¿Pero hacer una causa? ¿Cómo voy yo a pedirle cuentas a los nietos de sus delatores? Es gente que puede pensar lo que quiera, puede votar a quien quiera y no es responsable de lo que hicieron sus abuelos. Tengo ojos en la cara, sé cómo es el mundo y sé qué riesgos asumo, pero el mensaje es sencillo. Hay que escuchar, hay que perdonar y hay que huir de extremos que no llevan a ninguna parte.
- ¿Qué pasó con su abuelo?
- Varios vecinos de su pueblo lo denunciaron como izquierdista. Lo detuvieron y pasó cuatro años en las cárceles de Franco. Uno de sus delatores fue su hermano, que era el jefe del pueblo de Falange y que no lo ayudó cuando pudo.
- Entiendo que su abuelo no era una persona tan ideologizada.
- Es un tópico, pero yo creo que la Guerra Civil sacó a flote todas las miserias de los pueblos pequeños. Me lo dijo una militar en un archivo que consulté: en 1936 salieron las envidias, las rencillas heredadas de los padres, los celos, las peleas por una linde... Esos odios previos pesaron más que los ideales políticos. Mi abuelo no era tan político como para pasar cuatro años preso. ¿Qué hizo? Dejó de ir a misa y votó al Frente Popular, pero muchos otros lo hicieron. ¿Cuántas veces caemos en desgracia por algo que ignoramos? ¿Por estar, por actuar de una manera creyendo que haces un bien y dar con alguien a quien le molesta algo? De hecho, si mira las declaraciones en su contra, todas dicen: «Es buena persona, como vecino no tenemos queja, pero es de izquierdas». Eso resume lo que es una guerra. En una democracia decimos lo contrario. Decimos: «Me da igual lo que piense, es buena gente».
- En las declaraciones judiciales se percibe un poco de culpa. Como si los testigos se sintieran mal por lo que estaban haciendo.
- Mala conciencia o miedo del tipo «si no declaro ¿qué me va a pasar a mí?». Muchos vecinos que votaron al Frente Popular en 1936 se cambiaron de chaqueta cuando empezó la Guerra Civil. ¿Tuvieron miedo? Puede que eso explique algunas cosas.
- Y usted preguntó a los nietos de esos vecinos que testificaron contra su abuelo. Casi todos fueron amables, pero intuyo que los que no lo fueron no aparecen en el libro.
- Son nietos que han sido mis amigos de la infancia, son los niños con los que jugaba en verano. Algunos de ellos, con toda la educación, me dijeron «para qué remueves esto, Mavi. No tiene sentido. Yo no he escuchado nada». Y ya está. Y otros me dijeron que lloraron muchísimo con el libro, que les emocionó y me dieron las gracias. Tengo mensajes de voz suyos de cinco, seis minutos. Eso hay que verlo también. Por encima del ruido que hay, y hay mucho, hay personas que son capaces de comprender al otro. No es cuestión de pedir perdón, sino de saber y de reconocer el dolor ajeno.
- ¿Y su tío abuelo falangista?
- Mi abuelo le perdonó y se esforzó por intentar entenderlo. Yo lo vi unas cuantas veces y lo recuerdo como a un hombre bueno, muy cercano, muy tranquilo. No era un demonio con rabo y cuernos, para nada. Una de sus nietas, mi prima, me dijo: «Mavi, es que yo me quiero quedar con la imagen de mi abuelo». Y yo le dije que claro que sí, que se quedara con esa imagen. Si, además, nosotros no nos podemos imaginar qué es una guerra ni saber cómo actuaríamos.
- Cuenta que, de niña, un crío del pueblo le hizo una broma pesada, nada verdaderamente grave. Pero que ahora lo piensa y puede que hubiera un ensañamiento por ser la nieta del chivo expiatorio del lugar.
- Eso no lo voy a saber nunca con certeza. No tengo una respuesta.
























