


















A Perú, Venezuela siempre llegó a través de la gesta heroica de los Libertadores que aportaron Independencia, destacando sobre todo Simón Bolívar y también el hijo dilecto de Cumaná, Antonio José de Sucre.
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Perú, con una historia milenaria y rica construiría su vida republicana, llena de matices, de dolores y de perseverancia como pueblo. Esos matices han sido recogidos por los depositarios de su memoria, en primer lugar el pueblo peruano, uno y diverso, terco como la espada que le obsequió independencia
Como parte de ese pueblo y de esa memoria convocamos a dos de sus grandes escritores e investigadores, igualmente memoriosos y complementarios. Uno destacó por la visibilización del elemento negro, esclavizado y de eterna resistencia en la historia y cultura de su país, y el otro por la defensa del elemento originario, indígena, aborigen. No son los únicos pues Perú destaca por la calidad de sus intelectuales e investigadores culturales e históricos, pero acudimos a Ricardo Palma y a José María Arguedas porque conjugan dos elementos que ayudaron a visibilizar.
Escritor, tradicionista, bibliotecario, periodista y político es considerado todo un baluarte cultural y literario en Perú e internacionalmente. Conocimos acerca de él y su gran obra “tradiciones peruanas” pues fue un texto enviado a leer y estudiar en las clases de Castellano y Literatura en la etapa liceista venezolana de la década de los setenta. Sería el profesor Carlos Gauna quien lo pondría en manos de sus alumnos (me incluyo) en el liceo Pedro Emilio Coll de Caracas.

Manuel Ricardo Palma Soriano nació el 7 de febrero de 1833, en Lima como hijo de Pedro Palma y Dominga Soriano. Su padre, Pedro, nació en la Sierra; era comerciante, y su madre, Dominga, era de Cañete, provincia de la costa central de Perú. Dominga, al igual que su mamá Guillerma era lo que se denominaba “cuarterona” (una cuarta parte de sangre negra). Se conoce que Guillerma, la abuela de Ricardo Palma fue importante en su inicial formación porque le fue transmitiendo los valores y tradiciones propios de su africanía de forma tal que cuando sus progenitores se separaron, teniendo el niño unos diez años de edad aunque quedó con el padre mantuvo el legado de la parte materna. Ya en su juventud hubo de soportar el racismo en una sociedad limeña muy discriminatoria tanto del elemento negro como del indígena. Lima siempre sobresalió por sus afectos criollos. Ricardo Palma nunca negó ni su sangre ni su origen y por el contrario lo asumió con actitud de absoluta identidad. Al iniciar su periplo literario se esforzó en diferenciar lo negro no como algo étnico sino como cultura, como sistema de valores.

Tal como en Cuba se hizo tradicional la frase de reivindicación africana “el que no tiene de congo, tiene de carabalí” así Ricardo Palma llego a sentenciar en Perú: “el que no tiene de inga, tiene de mandinga”.
Además de literato fue un activo combatiente durante la guerra con Chile y se dedicó a reconstruir la destruida Biblioteca Nacional Peruana en Lima solicitando a diversos amigos y colegas de toda América y Europa donativos de libros con un resultado extraordinario. Fue llamado desde entonces “el Bibliotecario Mendigo”.

Fue miembro de la Real Academia Española y de la Peruana de la Lengua. En 1883 fue designado Director de la Biblioteca Nacional, que tuvo a su cargo hasta 1912.
Ricardo Palma no solo fue tradicionista pues abarcó géneros como poesía, novela, drama, sátira, crítica, crónicas y ensayos.
Algunas de sus obras son Patrimonio Cultural de la Nación Peruana y algunos de sus manuscritos fueron incorporados al registro de la Memoria del Mundo de la Unesco. Fue promotor de la incorporación de americanismos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, sosteniendo que el idioma debe reflejar el uso de los pueblos.
Falleció el 6 de octubre de 1919, en su tierra natal dejando un legado de inmenso valor en el que sobresalen su gran obra “Tradiciones Peruanas” así como “Tradiciones y artículos históricos”, “Anales de la Inquisición de Lima”, “La Limeña”, “El demonio de los Andes”, “Cachivaches”, “La hermana del verdugo” y “Poesías completas”, entre otros.
En la literatura latinoamericana la defensa y visibilización del elemento indígena, sobre todo Quechua en Perú tiene mucho que ver con la vida y obra de José María Arguedas.
Le conocimos a través del pintor y escultor Apolinar Livinalli quien luego de una interesante conversación en torno a los masones y los rosacruces, no teniendo el libro en físico, nos obsequió el título: “Los Ríos Profundos”. Con esta obra de Arguedas, que no fue la única, se comenzó a abrir la ventana.

Nació el 18 de enero de 1911 en Andahuaylas, departamento de Apurímac, en la sierra del Perú. Su padre fue abogado y su madre una dama de excelente cuna, pero José María la perdió apenas a los tres años de edad. Esto fue determiante en su formación pues vuelto el padre a contraer matrimonio la nueva esposa despreció al niño y lo “arrinconó” junto a los indígenas quechuas que hacían parte de la servidumbre. Allí, con ellos aprendió.
Habiendo nacido en la zona andina Arguedas creció entre dos polos: el de los potentados y el de los campesinos que a posteriori quedarán reflejados en su obra así como su pasión por la identidad peruana.
Siguiendo a su padre abogado viajero fueron cinco las poblaciones donde pudo estudiar su primaria y su secundaria hasta que en 1931 ingresó a la Universidad de San Marcos para estudiar Literatura y Antropología. Estando en la universidad fue hecho prisionero por participar en protestas contra un fascista que pretendía pisar el claustro estudiantil, enviado por Mussolini.
Ejerció la docencia y fue catedrático en la Universidad de San Marcos y en la Universidad Nacional Agraria, en las que impartió lengua quechua, antropología y etnología. Fue también Director del Museo Nacional de Historia entre 1964 y 1966.

Arguedas fue polémico y radical, muy próximo a Mariátegui y al marxismo aunque no tuvo militancia activa. Polemizó contra las corrientes de derecha que despreciaban al elemento negro y al indígena, constitutivo de la identidad peruana, junto al elemento europeo y asiático (que no es un dato menor).
Además de la docencia Arguedas se dedicó a la recopilación de leyendas, cuentos, canciones y danzas de la zona andina de su país. Sus manuscritos, libros y variados documentos se preservan gracias a la diligencia de su segunda esposa y viuda, la chilena Sybila Arredondo quien protegió ese legado y luego lo donó a la Biblioteca Nacional de Perú.
Tras diversas crisis emocionales sufridas a lo largo de su vida, el 28 de noviembre de 1969 y estando en la Universidad Nacional Agraria se disparó en la cabeza, incapaz de seguir viviendo en un mundo que le dolía profundamente. Murió cuatro días después, el 2 de diciembre de 1969.

Se han planteado muchas ideas para comprender la depresión y suicidio de Arguedas: la pérdida temprana de la madre, el maltrato de parte de su madrastra, la repetida ausencia del padre viajero, el fracaso de su primer matrimonio, el no poder tener hijos y la contradicción entre el mundo indígena y el mundo de los criollos. Cierto rechazo a sus tesis integradoras influyó para que la literatura y la antropología perdieran a este grande.
En toda la América Latina la figura del río, como cauce de agua tiene un valor ancestral, geográfico, económico, cultural, mágico y hasta musical. Si a su esencia le sumamos el calificativo de “profundo” entonces estamos en presencia de la raíz, de lo más sembrado en la tierra y en la conciencia.
Bien. Así se tituló la tercera novela de José María Arguedas. En quechua su título es “Uku Mayu”.
La acción de “Los Ríos Profundos” se localiza fundamentalmente en la población de Abancay (Awancay) adonde llega Ernesto, de 14 años para estudiar luego de haber acompañado a su padre por distintas zonas peruanas.
Hay mucho de autobiografico en esta novela en la que al final Ernesto se decanta por los valores andinos, los de su identidad por encima de los occidentales.
El pueblo profundo de Perú mantiene la lucha por su identidad, sus tradiciones y sus ancestrales valores culturales.
Su poesía, su memoria, su perseverancia y su música le acompañan.
Siempre le acompañan.
Autor: Lil Rodríguez
Fuente: teleSUR
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