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Medio Ambiente

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El Mundo
Carlos Fresneda · 2026-06-20 · via Medio Ambiente

En El mundo sin nosotros, Alan Weisman (Mineápolis, 1947) nos proponía un fascinante ejercicio de imaginación: "Si la especie humana desapareciera de pronto ¿qué quedaría de nuestro paso por el planeta y cuántos años tardaría la Tierra en recuperar el equilibrio?". En Lo último que se pierde (Debate), el periodista y divulgador científico se hace ahora una pregunta si acaso más apremiante: "¿Cómo adaptarnos a un mundo más caliente e impredecible, pero aún reconocible, por las condiciones que nosotros mismos hemos creado?".

"Las especies suelen ser egoístas, y como parte de la especie humana no quiero que nuestra extinción sea prematura", reconoce con ironía el autor norteamericano, con un español casi perfecto y aderezado por su contacto constante con México (La Frontera) y su fructífera estancia en Colombia, que sirvió de inspiración para el clásico del ecologismo en los años noventa (Un pueblo llamado Gaviotas: el lugar donde se reinventó el mundo).

"Se extinguen las especies, pero la vida no se extingue sino que toma otra forma", advierte Weisman. "Esa es la lección que extraje de El mundo sin nosotros... El planeta no lo vamos a salvar los humanos, sino que en todo caso se salvará por sí mismo. La vida es muy resiliente y resurge, como ocurrió con la explosión de los mamíferos tras la extinción de los dinosaurios", argumenta

La sexta gran extinción está en marcha, y si añadimos el cambio climático y los impactos de la sobrepoblación y la agricultura, tenemos una receta casi completa para el colapso ambiental. Con esa sensación inició Alan Weisman su investigación para Lo último que se pierde, como un funambulista haciendo equilibrios entre la esperanza y la desesperación.

"Al inicio me encontré con gente que me decía: 'La esperanza es para los débiles, lo que hace falta ahora es coraje'. Yo también tenía mis dudas, me preguntaba si la esperanza podía ser una forma de autoengaño. Empecé el libro bastante pesimista, por todos obstáculos que veía. Pero mi esperanza fue creciendo a medida que iba encontrando a esta gente visionaria, imaginativa y terca que está trabajando por un mundo mejor", expone.

Un largo viaje

La conclusión de este largo e insólito viaje -de las marismas de Mesopotamia a la bahía de Cádiz, de las islas Marshall al arrecife Mesoamericano, de los canales de los los Países Bajos a los manglares de Bangladesh- no podría ser al final más esperanzadora, a pesar de la pandemia y de los nubarrones geopolíticos que se interpusieron en su escritura.

"Me fascina esa lucha humana por superar los obstáculos", reconoce Weisman. "Hay que encontrar siempre la manera de seguir adelante, y eso es algo que creo que forma parte de nuestro ADN. Lo cierto es que acabé el libro con bastante más esperanza que cuando lo empecé", asegura.

"¿Cómo sabemos si es imposible si no lo intentamos?", fue la lección de vida que recibió del ingeniero Azzam Alwash y el activista Jassim Al-Asadi, co-fundadores de Nature Iraq y artífices de la prodigiosa revitalización de las marismas de Mesopotamia, en un lugar perpetuamente amenazado por la guerra, las sequías, el petróleo y la violencia política (la puesta en libertad de Al-Asadi después de haber sido secuestrado es algo así como el último álito de esperanza al final del libro).

En la bahía de Cádiz, Weisman se sube a la tripulación de A Poniente con el chef Ángel León, para narrar su empeño por convertir una planta acuática en algo así como el arroz de mar: "Me parece encomiable todo el esfuerzo que han puesto en la investigación de la zostera marina, por si puede llegar a ser domesticada y cultivada. Hacen falta muchos experimentos porque, independientemente de que culminen con éxito o no, pueden ser muy instructivos para otros".

Weisman tenía muy claro de entrada que su viaje le iba a llevar hasta las islas Marshall, "por lo castigada que ha sido su población en la historia con las pruebas nucleares y ahora en primera línea de fuego del cambio climático por la subida del nivel del mar". Su primera incursión tras la pandemia fue precisamente los Países Bajos, para conocer de cerca la adaptación al agua, y de ahí a Bangladesh, el país permanentemente amenazado por las inundaciones. También estuvo en la franja desmilitarizada entre las dos Coreas, y en su estado natal, Minnesota, acabó entre rejas junto a los activistas que se manifestaban contra un oleoducto: "Mi propio país ha sido el más peligroso como periodista"

Su querencia suramericana le llevó hasta Medellín, para explorar el futuro de las ciudades ante el reto de la sobrepoblación y el cambio climático, y constatar de paso "cómo los peores impulsos de la humanidad se pueden reconducir, y cómo el miedo colectivo ante violencia puede dejar paso a un espíritu constructivo de convivencia que sirva de modelo a otros lugares en el mundo".

"Durante la investigación fueron surgiendo cosas totalmente inesperadas que pueden hacernos cambiar de rumbo", atestigua Weisman. "Como por ejemplo, la posibilidad de fabricar proteínas y crear literalmente alimentos a partir del aire. O la busca de una nueva fuente ilimitada de energía, que bien podría ser la geotérmica profunda que está ya probándose en Estados Unidos, por no hablar de la carrera para lograr finalmente la fusión".

"No va a haber una solución total, pero cada decisión cuenta", recalca el autor de Lo último que se pierde, algo así como un rayo de esperanza en plena era Trump. "Estamos en un momento muy peligroso y no sabemos lo que puede durar. Pero lo que no es sostenible se derrumba tarde o temprano. Y lo cierto es que Trump quiere llevarnos de vuelta al siglo XX, mientras China nos está dejando atrás con sus baterías y sus coches eléctricos que les compran en todo el mundo: de Noruega a México".