
Fortificaciones en la zona de Chernobil, cerca de la frontera bielorrusa.EFE
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La congelación del frente ucraniano no acerca la paz a Europa, sino quizá una fase aún más peligrosa de la confrontación con Rusia. Esa es la principal conclusión estratégica que deberían extraer las capitales europeas de un conflicto que acaba de superar en duración a la I Guerra Mundial y que, como aquel, está atrapado en una lógica de desgaste sostenida por la tecnología. Durante los primeros meses de invasión, los movimientos territoriales fueron rápidos, pero desde entonces la guerra ha evolucionado hacia un escenario distinto: drones y sistemas de vigilancia han creado una extensa zona de aniquilación en la que avanzar se ha convertido en una operación de enorme coste. El fenómeno, como desarrollamos en nuestro Primer plano, recuerda al bloqueo que produjo en 1914 la combinación de ametralladoras, alambradas y artillería pesada. Entonces se hablaba de trincheras y tierra de nadie. Hoy, de guerra electrónica y drones FPV. El resultado es el mismo: un frente que apenas se mueve y un flujo constante de bajas.
Tras más de cuatro años de combates, Rusia continúa siendo capaz de infligir daños devastadores a Ucrania, pero no ha obtenido una victoria decisiva. Cada avance exige recursos crecientes y produce beneficios territoriales cada vez más reducidos, mientras la economía rusa soporta una presión sostenida derivada del esfuerzo bélico y las sanciones. Putin se encuentra así ante la disyuntiva de aceptar una congelación del conflicto que consolide parte de sus ganancias territoriales o apostar por una nueva escalada.
En este peligroso marco, Europa cometería un error si interpretara una eventual congelación del frente como la restauración de la seguridad continental. Un acuerdo puede detener los combates sin resolver el conflicto. De hecho, existe el riesgo de que una Rusia incapaz de alcanzar plenamente sus objetivos emerja de la guerra más resentida, militarizada y decidida a reconstruir sus capacidades para una futura confrontación. Por eso es crucial que la UE restaure su capacidad de disuasión con una sólida inversión en Defensa que le permita disponer de la tecnología que está inclinando de forma decisiva el campo de batalla.



























