
Agentes de la Policía Nacional proceden a registrar la clínica del distrito de Tránsitos de Valencia tras haber detenido a un joven de 24 años de edad en Burjassot (Valencia).EFE
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Pasadas las seis de la tarde del lunes un hombre joven con las manos ensangrentadas se presenta en la comisaría de Burjassot. Viene a entregarse porque acaba de matar a otro hombre, de profesión logopeda. La confesión incluye el móvil y los hechos: sospechaba que el logopeda que trataba a su hijo, de dos años de edad, abusaba de él. Un padre sabe cuándo le pasa algo raro a su hijo. Para confirmar las sospechas que envenenaban sus sueños se personó -armado, ay, de navaja- una hora antes de lo previsto en la clínica del logopeda. Al irrumpir en la consulta sorprendió a su pequeño sin el pantalón y sin el pañal. Ninguna técnica para mejorar el habla de un niño exige desnudarlo primero.
Una llamarada de cólera nubla el juicio del padre, que a duras penas acierta a exigir las imágenes del circuito cerrado de la consulta. Cuando su interlocutor se las niega, el hombre empalma la navaja y entierra su hoja de 15 centímetros en el cuerpo del logopeda hasta que deja de respirar. Hay una víctima extrajudicial, que es el muerto; hay una posible víctima de abuso, que es el niño; hay un criminal indudable, que es el padre. Y sin embargo la sociedad no reaccionará a este crimen transparente con la unánime indignación y el inmediato reproche que le merece cualquier otro. De hecho, no pocos reaccionarán con secreta complicidad. O no tan secreta.
La investigación apuntalará o no la veracidad de la sospecha terrible que movió la mano del homicida. Si al apuñalado se le descubren pruebas de pederastia, crecerá la empatía social hacia su justiciero liquidador. Y esto es lo que me interesa examinar ahora. Por qué ciertos casos parecen justificar mejor que otros que alguien se tome la justicia por su mano, aunque en el extremo de esa mano gotee una navaja.
Cabe definir la civilización como el progresivo encauzamiento de la respuesta violenta a través del derecho, de la política, del comercio, del deporte. Pero la hipótesis de la violación de un niño de dos años eclipsa todos los códigos y restaura la ley del talión en el fuego de nuestras entrañas. El mismo Jesucristo dejó dicho que al abusador infantil más le valdría atarse una piedra al cuello y arrojarse al mar. Porque el niño es sagrado, y quien lo profana comete un pecado contra la humanidad misma que no puede ser tratado como los demás.
Quizá ese niño llegue a ser un día un elocuente abogado. Alguien que comprenda el amor de su padre. Y alguien que apruebe su condena.




















