Ya sé que habéis quedado con los amigos, ya sé que no os da la vida; pero estaría bien que os paraseis un rato a mirar en rededor

Una tarta de cumpleaños.
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Ya sé que sois mayores de edad, ya sé que tenéis un montón de cosas que estudiar, ya sé que habéis quedado con los amigos, ya sé que hay entrenamiento de rugby, ya sé que solo se tienen 19 o 22 años una vez, ya sé que me quejo mucho, ya sé que os he dicho cinco veces que cerréis el grifo de la ducha -qué pesao-, ya sé que no os da la vida, ya sé, ya sé, ya sé, ya sé, ya sé; pero estaría bien que os paraseis un rato a mirar en rededor.
Me conformaría con la quinta parte de la atención que le dedicáis al teléfono móvil, con un tercio de la conversación que volcáis sin parar en Instagram, con la mitad de la indulgencia que mostráis cuando el error no lo comete vuestro torpe padre.
Y sin embargo...
Y sin embargo esta semana hemos celebrado vuestros dos cumpleaños y da gusto veros tan mayores, tan arrolladoramente sanos, tan plenos, tan decididos con vuestra hoja de ruta, tan alegres cuando hacéis el bestia y peligra el sofá, tan buena gente. A pesar de esa forma de mierda de tenéis de hacer la cama, a pesar de los gestos a veces airados, a pesar de no entender una verdad absoluta: que los calzoncillos sucios carecen de dos patitas que los conduzcan de un modo automático al interior de ese extraño electrodoméstico denominado lavadora.
«Un mundo donde los viejos trabajan y los jóvenes duermen, antes no se había visto jamás (...). La suya es una inmovilidad de conquistadores, no de derrotados: se sienten dueños del mundo porque ya lo tienen todo a su alcance», escribía Michele Serra en su hilarante y melancólica novela Los cansados. «Intentar convencer a un hijo adolescente de que el esfuerzo es un valor es la tarea más imposible y solitaria del mundo».
(...)
No nos caben las cosas ya: las vuestras, las nuestras, las conjuntas, las pasadas, acaso tampoco las futuras. Porque crecer es ir amontonando olvidos y avanzando sutiles y necesarias formas de despedida.
Y aquí estamos.
Desandando, desambicionando, deconstruyendo, vaciando el nido. Un poco como en esas películas que se proyectan hacia atrás a cámara superlenta en un cuarto a oscuras hasta que aparece una maceta vacía o un huevo todavía sin romper.
Por qué será que del trastero hemos tirado balones desinflados y películas en VHS, por qué será que hemos tirado ropa pequeña y material de construcción, por qué será que hemos tirado un esqueleto que coleccionasteis por entregas en el quiosco y también una lámpara vieja y muy poco mágica; por qué será que hemos tirado todo eso, digo, pero vuestra madre se resiste a tirar vuestros primeros cuadernos -decenas de cuadernos, cuadernos en los que dibujabais cuatro monigotes cabezones, cuadernos en los que hay redacciones sobre el último verano o algo que os hizo un montón de cosquillas-, como si agarrarse a aquella caligrafía tan mal escrita (pero tan bonita) significara algo.
























