Cataluña es un coche sin conductor. El problema es que falta también la inteligencia, y es así como se despeña por la irrelevancia, la cursilería y el tedio

Concentracion de protesta de los taxis en la Gran Via de Barcelona, en 2019.
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Quizá este año circulen en Madrid los primeros robotaxis. En febrero, Uber incluyó a Madrid en su plan de despliegue, junto a Houston, Hong Kong y Zúrich. Y ahora la Comunidad ha aprobado un proyecto que prevé el despliegue para final de año de unos 100 vehículos pertenecientes a Uber, Cabify y Bolt. De los Vtc [vehículos de transporte con conductor] a los Vsc. Esto, y no un dos de mayo cada semana, es lo que tiene que hacer Ayuso. En Cataluña también hay noticias sobre el sector. El Parlamento está en los últimos trámites de la llamada ley Tito, por un tal Tito Álvarez, portavoz de una asociación gremial. Él mismo ha resumido su espíritu, ciertamente diabólico: «Va a ser un infierno para las Vtc». Y es que la voluntad de los grupos parlamentarios -salvo el Partido Popular, Vox y Aliança- es que, raso y corto, la ley permita la expulsión de los Vtc de Cataluña. La proposición de ley catalana tiene un añadido interesante. Los conductores de taxis y los tres o cuatro vetecés que queden deberán justificar un determinado nivel de catalán para ejercer su trabajo. La proposición establece de momento un nivel B1 pero Esquerra, Junts y la Cup insisten en elevarlo al B2. Para entendernos: como tener un nivel First de inglés. He echado un ojo a los exámenes escritos y orales de los dos niveles. Un festival. El 90 por ciento -por ejercer cierta prudencia estadística- de los conductores barceloneses no los aprobaría. No los aprobaría ni aunque el examen fuera de castellano. La medida tendrá carácter retroactivo, de modo que tanto los conductores ya en activo como los que obtengan posteriormente la licencia deberán demostrar conocimientos suficientes.
Unas calles las gestiona el algoritmo y otras los pronoms febles.
Cataluña es un coche sin conductor. El problema es que falta también la inteligencia, y es así como se despeña por la irrelevancia, la cursilería y el tedio. No es una cuestión ceñida estrictamente a esta época. El proteccionismo del XIX también decidió quién podía operar en el mercado. Y fue la prueba de algodón -nunca mejor dicho- de la futura decadencia. El arancel se defendió en nombre de un bien superior -el pan del obrero, la industria nacional- y el B2 añade los derechos lingüísticos del usuario y la supervivencia de la identidad. El proteccionismo decimonónico tenía una función económica, pero el taxidermista de hoy defiende cartera y lengua con un solo filtro: no en vano el gremio del taxi y las plataformas por la lengua se abrazan en la lucha contra el enemigo común.
Los aranceles, morales o económicos, siempre actúan contra el porvenir. Pero hay que comprender las razones técnicas de la macilenta clerecía nacionalista. Impulsando el coche sin conductor, ¿a quién ibais a examinar de catalán, tito?





















