Los sufridos contribuyentes sí se reconocen en el origen del dinero que sufragó los placeres y los días del capo de Ferraz

Jésica Rodríguez, a su llegada, ayer, al juicio.
Actualizado
Se discute si la operación Kitchen examinada desde el lunes en la Audiencia empata políticamente con el juicio del caso Mascarillas que arrancó el martes en el Supremo. Entre una corrupción y otra media una glaciación política: toda la distancia que va de un pasado depurado a un presente impenitente. Así que los partidarios de la teoría del empate solo pueden ser propagandistas de Moncloa o lectores delicados de los cuatro cuartetos de T.S. Eliot, que postulan la equiparación metafísica entre tiempo pasado y tiempo presente, ambos proyectados en el tiempo futuro, que estaría contenido a su vez en el tiempo pasado. La pregunta es: ¿hubo alguna vez 700 asesores devotos del modernismo lírico anglosajón?
La coincidencia lacerante no es la del caso de Bárcenas con el caso de Ábalos sino la de este último con el comienzo de la campaña de la renta, dirigida por el Gobierno al que él perteneció: el que ha pulverizado todas las marcas de recaudación. El martes vi el furgón policial que transportaba a Ábalos y a Koldo acceder al Supremo; el miércoles mi gestoría empezó a tramitar el borrador del IRPF. Y como yo, millones de españoles experimentaron la misma secuencia sulfúrica de acontecimientos. A las diez de la mañana ya me había llegado al móvil el meme con las fotos del portavoz de la moción de censura en el clímax de su hedonismo de Estado: Ábalos compartiendo mojito con una rubia; Ábalos surcando un canal veneciano en góndola; Ábalos chapoteando en la piscina de un resort; Ábalos a bordo de una lancha de recreo pilotada por Koldo. La creación de estos entrañables recuerdos a los que hoy se aferra el preso más famoso de Soto del Real la hemos financiado todos los españoles, que desde este miércoles estamos llamados a financiar la creación de nuevos recuerdos entrañables, todavía por definir. Nos tranquilizan mentando la sanidad, la educación y la dependencia. Y esto último es indudable, pero nunca imaginamos que la dependencia emocional del número dos del presidente nos saldría tan cara.
Sabemos que Pedro no se reconoce en estos episodios, porque su mano derecha era una gran desconocida para él, al modo en que José Luis Torrente prefería no reconocer la mano que se encargaba de las pajillas. Pero los sufridos contribuyentes sí se reconocen en el origen del dinero que sufragó los placeres y los días del capo de Ferraz. Y la indignación que nace de esa certeza no lo tapa el humo del incienso que Pedro quema a diario en su propio honor.




























