El matemático Prevost no es un ludita: su encíclica 'Magnífica humanitas' propone gobernar la inteligencia artificial, sustraerla a monopolios, hacerla discutible y refutable

El Papa León XIV saluda en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano.AP
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Muchos criticaron a León XIII porque su revolucionaria encíclica Rerum Novarum se ocupaba de cosas mundanas y no de la vida eterna. «El Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos», respondió aquel León como podría responder este a las posibles incomprensiones que suscite la Magnifica humanitas. Un documento de época que trasciende la mera actualización de la doctrina social de la Iglesia: plantea un ambicioso programa de acción (personal y política) para la salvaguarda del humanismo en los tiempos de la Inteligencia Artificial. Es difícil resumir en un folio un texto que vale por un pontificado entero, pero lo intentaré.
La tecnología ha alcanzado la capacidad inédita de moldear las conciencias a diario de un modo imperceptible y global. Ese poder obra hoy en manos predominantemente privadas, no siempre orientadas a la búsqueda del bien común. Robert Prevost contrapone dos escenas bíblicas para ilustrar la disyuntiva contemporánea: de un lado tenemos a los constructores de Babel, imbuidos de una pretensión de autosuficiencia que termina rompiendo la posibilidad misma de la comunicación humana; de otro lado tenemos a Nehemías, el líder que reconstruyó en colaboración con el pueblo los muros de Jerusalén. La IA es una valiosa herramienta de conocimiento, pero no es moralmente neutral ni persigue siempre la verdad, que es un proceso de discernimiento comunitario. Por eso la tendencia a la concentración de esta industria representa una amenaza tecnocrática de la que cabe precaverse.
Dos principios éticos identifican el verdadero progreso: la subsidiariedad y la solidaridad. La primera fomenta la iniciativa responsable del individuo y de la sociedad civil; la segunda tiene presente que nadie se salva solo. La subsidiariedad sin solidaridad degenera en egoísmo; la solidaridad sin subsidiariedad, en asistencialismo. Ambas son necesarias para generar vínculos que acrecienten el bien común y permitan la realización personal.
«Desarmar la IA» no significa renunciar a la tecnología sino impedirle el dominio sobre lo humano: no se ha hecho el hombre para la IA sino la IA para el hombre. Pero el matemático Prevost no es un ludita: propone gobernar la IA, sustraerla a monopolios, hacerla discutible y refutable. «Dignidad» es el concepto nuclear de una encíclica que se pregunta (y se responde) qué significa ser humano en una época fascinada con la posibilidad de dejar de serlo, como ha escrito Diego Garrocho.
No es un encíclica conservadora ni progresista: bien leída resulta escandalosa para ambas militancias al uso. Reivindica la matriz cristiana de la doctrina progresista de los derechos humanos, pero extiende su jurisdicción desde la concepción hasta la muerte. El bien común es la forma social de esa dignidad universal e inviolable debida a cada uno. Prevost tilda de ilusoria la confianza en la mano invisible del mercado, incapaz de promover por sí solo la justicia social. Presenta a la familia como la unión estable de un hombre y una mujer, primera célula de la sociedad. Y defiende el derecho a migrar sin jugarse la vida, pero también el derecho a quedarse sin renunciar a un futuro.
Antes que una idea de Dios, Magnifica humanitas postula una idea del hombre como imagen suya para restablecer la jerarquía de la Creación frente a la lógica de la optimización, la idolatría de la eficiencia, la superación sistemática del error. Pero si la tecnología descarta el error terminará descartando al hombre: humano viene de humus, que significa barro. Si confiamos al algoritmo la capacidad de redefinir los límites humanos, desechará al débil en aras de una presunta optimización de la especie. Por eso el transhumanismo es un tecnofascismo.
La IA imita, simula; pero no siente ni experimenta. No madura ni duda. El humano aprende de su fracaso: la IA aprende de la estadística. Su velocidad debilita la creatividad humana, que se origina en el juego con el tiempo y su huella mortal. El peligro del omnisciente simulacro que genera la IA no es que el humano crea que habla con otra persona sino que pierda el deseo mismo de buscar al otro para hablar. La empatía desaparece a manos de una ansiedad creciente por el control. La inteligencia, si se absolutiza, vela las dimensiones esenciales del afecto y la voluntad. «Quien ama no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento: eliminar el dolor es apagar el deseo», escribe Prevost. La santidad y el arte son diferentes testimonios de la aventura dramática y espléndida de ser humanos.
La era digital puede alumbrar una era neocolonial, neofeudal. Un retorno a nuevas formas aparentemente despersonalizadas de esclavismo, desigualdad y guerra: sus decisores serán algoritmos, pero sus víctimas serán reales. Porque incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, «el centro de la historia sigue siendo un rostro que exige ser contemplado».
Después de esta encíclica no se puede decir que no sepamos cuál es el camino hacia un mundo más justo. Otra cosa es que no tengamos el coraje de recorrerlo.
























