La derrota de Orban y las encuestas en otros países ponen en entredicho que la llamada ultraderecha sea imparable. Sí lo parece el encame de Sánchez con los chinos

Un partidario de Orban enseña una camiseta con su rostro y el de Trump en Budapest.AP
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Es curioso cómo Trudeau, otrora chico maravilla del progresismo -y aquí metan lo woke, lo 2035 (con la consecuente rima para el ciudadano)- se ha convertido en un accesorio ridículo de Katy Perry, que presumió de besar a una chica en una canción y ahora otra la ha demandado por abuso. (Aunque lo peor fue cuando se subió en el cohete de Jeff Bezos y quedó como una tonta de los c...). Trudeau no es un juguete roto -cómo va a serlo un expresidente-; es un político que tuvo su momento.
Los movimientos políticos son como la moda y, aunque se lleven en lugares tan dispares como Hungría, EEUU, Argentina o Japón, no dejan de pasar cuando se acaba su momento.
Un analista de Cambridge Analytica que se había reciclado en política tras algunos años detectando tendencias para marcas comparaba la primera victoria de Trump con unas Crocs. Ya saben: esas zapatillas de plástico que llevan las enfermeras. Algo feo que, de repente, se pone de moda. Y así fue. Incluso años después Balenciaga sacó su propia versión por 750 euros. Lo ultra -cualquier ultra- es feo y casi siempre tiene connotaciones negativas. Del ultrabueno se suele pensar que es tonto y de la ultraguapa, que es puta. No es de extrañar que los excesos de Trump -las palabras gagá que profiere o escribe, esos excesos racistas...- hayan terminado por hacernos pensar que la ultraderecha puede pasar de moda. El relativismo con Putin, la idolatría cristiana, el hambre por controlar el petróleo, la validación de la violencia por la violencia y la pasta por la pasta explican por qué Orban ha perdido y por qué Vox no termina de despegar en Andalucía como se preveía. También influye esa amargura que niega la felicidad a los ciudadanos.
Ojo que, como en la moda, en política también hay clásicos que nunca se pasan porque tienen prestigio, aunque nos parezcan aburridos. Y ahí es donde tiene que medir Sánchez su encame con los chinos, pese a que ni España ni la UE saquen partido. China es una dictadura opaca que ni siquiera aporta datos de crecimiento veraces ni de muertes durante la Covid. Tampoco sobre cuántas personas tiene retenidas en sus presidios por motivos políticos (Jimmy Lai sigue encarcelado, por cierto). En el otro lado está ese mundo que la pobresía -la izquierda del decrecimiento que ha mandado en la UE- ha despreciado. Todo ello puede reavivar, en cualquier momento, la moda orbanita.





















