Hace mucho que dejó de sentirse indepe, pero nunca dejará de ser un izquierdista random

Gabriel Rufián, en un acto por la unión de las izquierdas.
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Quizás convoco a Rufián a este folio con excesiva frecuencia, pero es que don Gabriel es mucho más que un político concreto o un opinador viral: es un patrón sociológico, una militancia andante, el metro de platino iridiado que se saca de la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de Sèvres, a las afueras de París, para saber cuánto mide cada día la inteligencia media de la izquierda. Otro día hablamos de la inteligencia media de la derecha, que no parece más larga, pero esa es otra columna.
Hace mucho que Gabriel Rufián dejó de sentirse indepe, pero nunca dejará de ser un izquierdista random. De hecho se hizo separatista porque entendía que era el camino más recto hacia su regularización como progresista de curso legal, siguiendo el sendero bifurcado por el borgiano Zapatero, culpable del punto a partir del cual la izquierda ibérica se apartó del universalismo ético para abrazar el particularismo territorial. Esa necesidad de validación permanente en el lado no facha de la historia es la esencia misma de la condición progresista. No va tanto de vivir como se piensa sino de parecerlo.
A Rufián le han preguntado sobre Leire Díez, de quien acabamos de enterarnos que se reunió con la mano derecha del condenado fiscal general, después de saber que anotó varias veces la sigla «P.S.» en su truculenta libreta de mafiosa en prácticas. ¡Con el juego que ha dado aquella añadidura de «M. Rajoy» en los apuntes de Bárcenas!
La respuesta del oráculo de Santa Coloma no ha traicionado las expectativas. Cuando parece que la razón está a punto de alcanzarle, él pega un brinco: «Leire no parecía una simple militante. Estamos frente a la cutrez de las cloacas del PSOE. Pero hay que aprovechar el tiempo que nos queda porque no tengo puñeteras ganas de que Abascal sea vicepresidente. Viene un gran sufrimiento social».
Rufián lleva demasiado tiempo en la política profesional como para consumir la mercancía argumental con la que trafica, pero aún no lleva el suficiente como para olvidar la fórmula del principio psicoactivo que coloca a su cliente con vistas a seguir viviendo del negocio: una perpetua reposición sentimental del no pasarán. Esto es una guerra civil eterna, así que solo importan los crímenes que quepa atribuir al enemigo.
El Papa les dijo ayer a los presos de Brians que un error vital no determina su identidad. Rufián piensa que cierta identidad (la derecha) determina el único error posible. Y contra ese error existencial, vale literalmente todo.























