Correr la milla
Aunque haya sido rechazado por el Congreso, este decreto de la pr�rroga del alquiler dejar� sentir sus nocivos efectos. Uno de los m�s t�xicos es el de inocular m�s desconfianza en la relaci�n entre los caseros y sus inquilinos

La vicepresidenta Yolanda D�az, junto a otros miembros de Sumar, en el Congreso.EFE
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El Gobierno le regal� a Sumar un decreto de juguete para que sus diputados se entretuvieran haci�ndose los importantes. Nada de esto ha sido en vano, porque nos ha permitido apreciar c�mo funciona una legislatura sin atributos, cuando todo el sentido de un mandato es la ocupaci�n f�sica del poder. A pesar de su fugacidad, la iniciativa de la pr�rroga de los alquileres tampoco habr� sido inocua. Representa un ejemplo perfecto de esa pol�tica, tan de izquierdas, que quiere ser evaluada por sus presuntas intenciones antes que por sus efectos.
La consecuencia inmediata de la operaci�n es un aumento de la litigiosidad, s�ntoma evidente de la inseguridad jur�dica. No ser� el fruto de mal c�lculo: fue el propio Gobierno, a sabiendas de la fecha de caducidad, el que anim� a los inquilinos a aprovecharse de sus medidas durante el breve periodo de vigencia. Este es un uso fraudulento del tr�mite de urgencia; que, adem�s de traer inseguridad jur�dica, defraudar� muchas esperanzas.
La catedr�tica de Derecho Civil Matilde Cuena lo ha explicado con mucha paciencia a quien ha querido entenderlo: �Desde un puro an�lisis t�cnico, no se puede generar un derecho a la pr�rroga de contrato no vencido, igual que no puedes aceptar una herencia de un sujeto que no ha muerto�. Es una imagen muy evocadora. Si alg�n d�a desde el poder pol�tico se animara a los legatarios a anticipar el cobro de una herencia antes de la defunci�n del testador, �cu�l ser�a la consecuencia previsible? Cualquiera se pensar�a dos veces ir al notario a firmar el testamento.
Un elemental ejercicio deductivo permite anticipar que, aunque haya sido rechazado por el Congreso, este decreto de la pr�rroga del alquiler dejar� sentir sus nocivos efectos. Uno de los m�s t�xicos es el de inocular m�s desconfianza en la relaci�n entre los caseros y sus inquilinos.
Cuanto menos vincula un contrato, m�s garant�as exige el firmante. Es una ley incontrovertible de los tratos. El decreto, por m�s que fallido, contribuir� a contraer a�n m�s la oferta. En concreto, la del peque�o propietario, porque los grandes tenedores ya descuentan un porcentaje de impago que pueden soportar gracias a su m�sculo financiero. No le duele tanto un hurto al due�o de Mercadona como al de una mercer�a de barrio.
Si en una operaci�n pol�tica el declarado beneficiario es el mayor perjudicado, es muy probable que aquel que se�ala como su enemigo sea el que resulta m�s favorecido. Tal es el caso.























