Quienes fomentan el odio al extranjero y alientan la construcción de muros tienen un problema con esta Iglesia que no solo ha desistido de combatir a Cristo, sino que ha asumido su radicalidad

León XIV en el homenaje a los migrantes del puerto de Arguineguín.
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Decía Augusto Monterroso que las ideas de Cristo eran tan buenas que tuvieron que inventar a la Iglesia para combatirlas. Hoy, gracias a décadas de políticos ateos, la Iglesia ha quedado por fin liberada de tener que ser el ogro que combatía al progresista y decía que no a todo: al divorcio, a los preservativos, al matrimonio gay, al aborto, la eutanasia, la fecundación in vitro... En países como el nuestro todo esto son ya derechos civiles lo suficientemente asumidos y consensuados como para que la Iglesia no gaste demasiados esfuerzos en revertirlos o conculcarlos. Parece que han entendido que su función es la de iluminar al ciudadano libre en la búsqueda de un camino que dé sentido a la vida, y no la de bloquear los caminos por los que no quisieran que fuera nadie. El camino de Cristo no lleva a ningún sitio bueno si uno no lo escoge con libertad y sin miedo.
En estas condiciones, donde el discurso prohibicionista ha perdido toda utilidad porque todo ha sido legalizado, la Iglesia ha podido volver al mensaje de Cristo, que como me recuerda siempre en las noches locas el poeta Alejandro Simón Partal, jamás definió el pecado. Y resulta que es un mensaje muy sencillo -lo conocemos todos, pero por si acaso lo recuerdo- que cabe en pocas frases: el amor al prójimo, la defensa de la dignidad del ser humano -empezando por los más pobres, débiles y desamparados-, el rechazo a la violencia, el perdón incondicional y la aceptación del marginado.
El viaje del Papa a las costas de Canarias donde llegan cayucos o cadáveres es la vuelta de la Iglesia al incómodo mensaje de Cristo, y pone en aprietos a aquellos que vivían su cristianismo como mero rasgo identitario, en el que la cruz es equiparable al escudo de un equipo de fútbol y en el que el himno de España es la banda sonora de la eucaristía en los bodorrios de la tribu.
El reino de Dios no entiende de fronteras ni de prioridad nacional y se le queda demasiado grande a aquel cuyo mundo se acaba en el terruño. Lo dijo hace mil años el teólogo sajón Hugo de San Víctor: «El hombre que encuentra que su patria es dulce no es más que un tierno principiante; aquel para quien cada suelo es como el suyo propio ya es fuerte, pero solo es perfecto aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero». Por eso Vox, Trump y todos estos autoproclamados defensores de la civilización cristiana que fomentan el odio al extranjero y alientan la construcción de muros tienen un problema con esta Iglesia que no solo ha desistido de combatir a Cristo, sino que ha asumido su radicalidad.
Trump lo tiene más fácil en Estados Unidos, con su legión de telepredicadores dispuestos bendecir hasta su última payasada con una imposición de manos. Vox, en cambio, tiene en frente a la Iglesia católica, que no se somete a ningún gobernante. Lleva más de dos mil años viendo pasar emperadores, conquistadores, monarcas, revolucionarios y dictadores. Para ellos Abascal apenas alcanza la categoría de anécdota histórica. Y las instituciones de hoja perenne no modifican su doctrina para acomodar políticas de hoja caduca.




















