Budapest será esta noche el centro del universo: la salud del trumpismo global y la resistencia del proyecto europeo están en juego

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«El sistema de pesos y contrapesos es un invento estadounidense que, por alguna razón de mediocridad intelectual, Europa decidió adoptar». Con esta declaración en 2014 de Viktor Orban arranca el extenso informe del Cato Institute que documenta la operación de dominación total de la vida pública aplicada desde hace 16 años por el primer ministro de Hungría sin salir de la Unión Europea.
En aquella intervención, Orban acuñó la expresión «democracia iliberal», como si se prendiera una insignia de orgullo. Se resume en el desmantelamiento desde la legalidad democrática del Estado de Derecho, la neutralización de la prensa libre y el cultivo de un capitalismo de colegas y nuevos ricos a través de redes de tráfico de influencias. La primera fortuna húngara pertenece ahora al magnate Lorinc Mészáros, que era instalador de gas en el pueblo natal de Orban y amigo de la infancia. Hungría es hoy el país menos libre y más corrupto de Europa.
Budapest será esta noche el centro del universo: la salud del trumpismo global y la resistencia del proyecto europeo están en juego. El mundo entero, desde la Casa Blanca hasta el Kremlin, estará pendiente del incierto resultado de las elecciones. «Un pequeño Estado europeo, económicamente renqueante, un poco más grande y algo más poblado que Andalucía, ha pasado a ser la zona cero del tema más importante de nuestro tiempo, que es el que enfrenta a la democracia liberal con sus enemigos», escribía Tom Burns en Expansión.
Los comicios no serán justos, con las instituciones clave bajo captura, el sistema electoral manipulado y los medios controlados por el Gobierno. Pero el carismático candidato Péter Magyar, un conservador rebotado del partido de Orban, le ha puesto contra las cuerdas conectando la corrupción y la congelación de los fondos de la UE con la devastación de los servicios públicos y el empobrecimiento económico. Aunque Orban sobreviviera agónicamente, demostrar que el cambio es posible sería ya una esperanzadora victoria para la libertad.
Para el movimiento autoritario global que lidera Donald Trump, Hungría no es un país periférico, sino un prototipo político e ideológico. El modelo ultranacionalista exitoso de lo que el movimiento MAGA querría legitimar en EEUU y en todo Occidente. Esto ayuda a entender el viaje de JD Vance y que Trump tuviera tiempo mientras libraba su guerra con Irán para grabar un mensaje de apoyo: «El primer ministro ha sido un líder fuerte que ha mostrado al mundo entero lo que es posible cuando defiendes tus fronteras, tu cultura, tu herencia, tu soberanía y tus valores. Es un tipo fantástico». Ahí está todo. Trump ve a Europa como laboratorio de choque civilizatorio y Orban lleva tres lustros demostrando que un líder puede combinar control migratorio férreo, combate duro contra la corrección política, apelación cristiana, hostilidad a las élites multilaterales y erosión brutal de los contrapesos liberales sin sufrir desgaste electoral.
Por Budapest pasa también la línea de puntos que une Washington con Moscú por el influyente papel de Orban como nodo intelectual antiliberal. El país que protagonizó en 1956 el levantamiento revolucionario contra la Unión Soviética es hoy el más firme aliado europeo del Kremlin y Vladimir Putin, envolviendo ese acercamiento en un lenguaje de pragmatismo energético y soberanía nacional. Hungría es el más exasperante enemigo interno de Bruselas, instalada en el veto permanente y el bloqueo de las decisiones estratégicas sobre la guerra de Ucrania.
Lo que se vota en Hungría concierne también a Santiago Abascal y, de otro modo, a Alberto Núñez Feijóo. Si alguien seguirá con atención el recuento será el líder de Vox. «Estas no son solo vuestras elecciones, nos afectan a todos y todos estamos detrás de Orban» para que «Europa siga siendo Europa», le dijo entusiasmado hace semanas en Budapest. Las urnas medirán ese espíritu de los tiempos. Irán ha expuesto la contradicción central del trumpismo, retratado como un poder impulsivo y un factor de inestabilidad y desorden. Giorgia Meloni lo ha sufrido y algunos aliados han tomado distancia. Vox, no: Orban es una fuente principal de financiación. El partido ha venido haciendo transferencias a su fundación Disenso mientras recibía préstamos millonarios del banco húngaro MBH.
Una derrota de su referente doctrinal sería un golpe simbólico y además tendría consecuencias materiales para las «cuatro personas», los colegas, que han convertido Vox en «su cortijo personal», según afirmaba Javier Ortega Smith en su impactante entrevista de ayer. El amigo más cercano que tenía Abascal en el corazón fundacional personifica la crisis de identidad de la formación tras sucesivas mutaciones para recoger malestares de signo ideológico diverso, y ahora ante la encrucijada de renunciar a la pulsión antiestablishment. Las elecciones húngaras también van de qué derecha quiere Europa, y de si el desgaste del populismo bronco puede ser aprovechado por un conservadurismo liberal europeísta que ofrezca una alternativa y no sea una sucursal sentimental del trumpismo. Quien debería extraer la lección más importante es el PP.























