El Papa cuestionó en el Congreso la visión instrumental de la tecnología, es decir, la creencia de que se trata de una mera herramienta

El Papa León XIV, en el Congreso de los Diputados.
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El profesor de Yale John Durham Peters, que es también un magnífico escritor, afirma que enseña cómo vivimos «en medio de cosas en la Tierra». Unas cosas que, consecuentemente, llamamos medios. Los periódicos, las redes y la IA son medios. También, para Peters, las estrellas que leían nuestros ancestros para navegar o para dar sentido a sus creencias; y las nubes, el medio por el que nos llega el agua.
Peters visitó Roma durante la elección de León XIV, hace poco más de un año, y definió la experiencia como estar en el «centro neurálgico planetario de los medios digitales y de masas». Un centro neurálgico que esta semana se ha desplazado a España. El Papa es siempre un acontecimiento mediático; y, para los católicos, el principal mediador -vicario- de la divinidad. Pero León XIV es también, aunque Peters no pudiera sospecharlo entonces, una nueva e influyente voz en la discusión pública sobre tecnología y medios.
«Muchas cosas en las redes nos engañan, nos cuentan mentiras», advirtió el sábado ante los jóvenes. Y ayer, en el Congreso, recordó una de las ideas centrales de su encíclica: la tecnología «no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». El Papa cuestiona así la visión instrumental de la tecnología, es decir, la extendida creencia de que nos hallamos ante una mera herramienta, cuyos efectos dependen del uso que cada cual quiera darle.
Dejando al margen la teología, la crítica de León XIV se inscribe en dos corrientes académicas: la primera proviene de la teoría de medios y señala que la tecnología, queramos o no, transforma el entorno social que habitamos. La segunda procede de la filosofía y la sociología de la tecnología e incide en que el diseño de un sistema no solo responde a desafíos técnicos, sino que incorpora los valores e intereses de sus responsables. La IA nos conduce hacia un mundo muy distinto. La cuestión es quién dibuja el mapa y quién marca la ruta.
Iniciativas como la Ley Europea de IA o la investigación de la Fiscalía de París contra la red X, de Elon Musk, por presunta manipulación algorítmica apuntan en la misma dirección: la tecnología tiene cara y a veces nos mira a los ojos. Pero la pregunta no debería ser qué pretende, sino qué queremos nosotros. Y qué clase de cosas conviene poner en medio.























