Pocas veces alguien le habrá recordado a un parlamento democrático hasta qué punto está supeditado a la teonomía, una ley cuyo fundamento último es dios y que precede y supera por igual la autonomía del individuo y la heteronomía de la asamblea

El Papa León XIV, en el Congreso de los Diputados.EFE
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El jefe de la Iglesia católica, Robert Prevost, expuso este lunes en el Congreso de los Diputados las líneas maestras de su programa político. La condena del aborto y la eutanasia, con la lógica derogación de las leyes españolas que los regulan, y la obligación de que el Estado contribuya a la financiación de las escuelas religiosas fueron los tres ámbitos donde concretó su propuesta política. Tal vez para atraerse a un sector tradicionalmente refractario se mostró partidario del derecho de cualquier «persona humana» [sic] a dotarse de una vida digna dentro y fuera de su patria y apostó por el entendimiento y la paz entre los hombres y las naciones, a modo de cualquier joven editorialista. Aunque de manera más alambicada y abstracta, pero inequívoca, Prevost lanzó una advertencia a los legisladores al reivindicar el secreto de confesión: «El sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna». El contexto del sigilo es la pederastia clerical y las jurisdicciones que han tratado de legislar para derogar el secreto en los casos de abusos de menores. Prevost venía de ganar una batalla. Hace una semana que la Asamblea Nacional francesa retiró de su ley de protección de menores la cláusula de derogación del secreto. Y su alusión debe interpretarse como un aviso preventivo a los legisladores españoles.
Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Católica fueron las credenciales con las que se presentó en el Congreso: no como jefe de un estado sino como líder de una facción ideológica. Así se sintió legitimado para fijar los límites de la acción política en la frase sin duda más cargada de su discurso: «En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera». Pocas veces alguien le habrá recordado a un parlamento democrático hasta qué punto está supeditado a la teonomía, o sea, a una ley cuyo fundamento último es dios y que precede y supera por igual la autonomía del individuo y la heteronomía de la asamblea: el orden trascendente al que la persona humana debe conformarse.
No solo los diputados de Vox -cuyo programa, al margen de los prefacios poéticos, coincide con el de Prevost-, sino el resto de diputados de la Cámara reaccionaron con satisfacción al discurso. Los aplausos duraron siete minutos y cuatro segundos. Benedicto XVI solo gozó de un minuto cincuenta segundos en el Bundestag, en 2011. Aunque Almodóvar le saca ventaja con sus diez minutos de gloria palmaria en el último festival de Cannes.























