Sangrar hasta por las pestañas para contrarrestar la convención de caras unificadas y hablar de nuevo de hombría

Topuria con la cara destrozada por los golpes de su rival en la Casa BlancaEFE
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ILIA TOPURIA tiene la cara desguazada. La otra noche en la Casa Blanca le allanaron el carnet de identidad. Fue desconfigurado con la técnica del vareado. Varear consiste en golpear con varas las ramas de un olivo para que caigan las aceitunas y por las noches, a veces, se citan los campeones a ver si del intercambio de vareos cae un cinturón. Ilia Topuria lleva los ojos saltados, una sangre mordida y la nariz al punto de nieve. Su cara quedó como una zona residencial bombardeada. A simple vista, las imágenes no muestran al hombre que era antes de acceder al taller de mamporros. Pero hay algo entero en ese tipo que parece haber sido restaurado con disolvente, como si le hubieran encargado su custodia a la señora que convirtió un Ecce Homo que pasaba desapercibido en una obra maestra del difuminado. A pesar de llevar las facciones borradas este georgiano adicto a España era reconocible. Al acabar de practicar el 69 a codazos que son las artes marciales mixtas, su nueva cara tenía la prestancia que le faltan a las miles de nuevas caras que han inaugurado el verano. Las clínicas estéticas han incorporado una nueva hornada de caras producidas en serie a las primeras playas. Ya no se estrenan coches. Se estrenan dispositivos faciales.
Son tiempos raros. Recuerdo aquella cara de Jorge Javier que le dio el puesto del hombre del saco y no encuentro ninguna diferencia con la cara que mudó Ilia Topuria en el ring el otro día. Salió del hospital con un parte médico que daba cuenta de las fracturas orbitales como oposición a la descripción de blefaroplastias o reacondicionamientos de las líneas de expresión tan habituales como justificantes, asteriscos a una biografía, documentos anexos a las inseguridades. La única manera de corregir las patas de gallo o cualquier extensión de la geografía facial desgastada por el tiempo debería ser con un golpe de bisturí de una tibia, aunque la sangre haga reaparecer los guardianes del decoro que enterraron al boxeo.
No encuentro la compasión al cruzarme con el Topuria molido, más bien al contrario. Es la misma mezcla de curiosidad y respeto cuando de pequeño veía el anuncio del hombre Marlboro. Aquel vaquero sabía lo que se hacía. La MMA es más vistosa que el boxeo, un poco cutre también, pero pone en juego lo mismo. Sangrar hasta por las pestañas para contrarrestar la convención de caras unificadas y hablar de nuevo de hombría. Podemos fluir hasta cierto punto: lo único deconstruido de Topuria era su cara.




















