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El Mundo
Antonio Lucas · 2026-06-15 · via Columnistas

El mensaje de la izquierda es confuso, aunque no lo reconozcan en voz alta. Unos y otros se dicen al susurro: o cambiamos de hombre o cambiamos de sistema

José Luis Rodríguez Zapatero y José Luis Ábalos.

José Luis Rodríguez Zapatero y José Luis Ábalos.EFE

Actualizado

La sensación térmica es esta: caminamos destemplados hacia un turbio final de legislatura (sea cuando sea) y donde hace más frío es en la izquierda. El pasacalles corrupto domina las avenidas y casi nadie sostiene ya demasiada esperanza en casi nada. Como en el final apoteósico de Felipe González, la cotidianidad de las cosas pasa por descreer de cualquier gesto del Gobierno. Cómo culpar al agnóstico cuando escucha o lee espantado las fabulosas narraciones por historias (la expresión es título estupendo del novelista Antonio Orejudo) protagonizadas por Ábalos y Koldo al timón de una trama patética y corrupta, por Cerdán pilotando la propia, por Leire Díez zascandileando en mil despachos a la vez y por Zapatero bajo la lupa del orfebre. Cada uno haciéndose su propio pan.

Ni la realidad de Vox podrá activar el 'todos a una'. El sentimiento de espanto común que azuza a quienes creemos principalmente en el mundo avanzando está en su punto más alto. No vale ya esa clara de huevo, la del miedo a la extrema derecha, para recomponer a una izquierda desmadejada donde escasea el personal cualificado al frente. El mensaje de la izquierda es confuso, aunque no lo reconozcan en voz alta. Unos y otros se susurran: o cambiamos de hombre o cambiamos de sistema.

A la manera del escritor británico Julian Barnes, Premio Princesa de Asturias de las Letras, el pesimismo alegre es el refugio más poblado a esta hora. El pesimismo político no es un estado de conciencia, sino una manera como cualquier otra de hacer astillas. Cuando los periódicos, el boletín de las radios y el telediario abren sus sesiones diarias con el desfile de cargos públicos y aprovechaos entrando y saliendo de la Audiencia Nacional es porque algo se ha roto y en el ánimo ciudadano empieza a calar un falso sintagma: "Lo mejor está por llegar". Casi siempre es falso, pero funciona como estímulo para el abatimiento.

Los tiempos empezaron a cambiar y a la izquierda le coge con el fuelle cortito. Las razzias, los comisionistas, los sablistas, el desconcierto, los recelos cruzados y los rompetechos en nómina arrasan con las propuestas potables (las hubo) de estos años. La economía no justifica todo. El rumor del desagüe subraya el deterioro y aviva el desencanto. El futuro inmediato pasa por encogerse de hombros ante la adversidad.