La primera comparecencia del ex presidente ante el juez José Luis Calama en la Audiencia Nacional no ha convencido al magistrado, que imputa también a las dos hijas del que fuera líder del socialismo y a su leal secretaria. El proceso será otro calvario imprevisible para Pedro Sánchez

Zapatero y su mujer durante una visita oficial a Argentina en 2005.EFE
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José Luis Rodríguez Zapatero irrumpió en la política nacional con el viento a favor. Cuando lo auparon hasta lo alto del PSOE se hizo cargo de un partido con algo de jaulón destartalado. Suavemente, sin levantar demasiada confianza, se deslizó por el filo de todos los puñales e instituyó un budismo de sonrisa caramelizada alejado de la tradición del líder dispuesto a aparecer en público devorando las extremidades desmembradas de la oposición. Un presidente en el "país de las maravillas" (esto es de Gustavo Bueno).
Inauguró la política del buen rollo, a la manera popular de las campañas de abrazos gratis. Escalando paredes escarpadísimas logró articular una primera legislatura (entre abril de 2004 y abril de 2008) bien surtida de aciertos. La segunda echó el cuerpo a tierra, equivocó todas las predicciones y la crisis económica desatada lo arrasó dejando su pellejo en la cuneta.
Al ex presidente Zapatero lo imaginas en la mili haciendo prácticas de tiro con una pistola de agua. Alguien inofensivo, con sonrisa de arroz con leche, y a quien habían inoculado el alma resignada de los hidalgos españoles. Una cosa muy rara que le funcionó bien hasta donde estas cosas pueden funcionar. Con inmoderado afán de ser nombrado el hombre con más talante del mundo, una vez que lo desalojaron de Moncloa y pasó la travesía del desierto en un encomiable silencio, sin incordiar ni ser incordiado y tampoco tenido en cuenta, emergió al reclamo de Pedro Sánchez y se posicionó en el PSOE como el hombre capaz de dar respuesta a interrogantes herméticos y cumplir a la vez con los rigores de una vida misionera ejercitada en la Venezuela del chavismo con un ramal en dirección a China.
Zapatero fue un extraño comisionado de paz en lugares donde se le perdió la pista a sus intenciones. No fue a mediar con las facciones enfrentadas en Sudán del Sur, ni a intentar poner remedio a la dictadura de los Ortega en Nicaragua. Escogió una tierra más próspera, sonora y caudalosa en petróleo. Se arrimó a los que iba a intentar domar y terminó pasando él por el aro de fuego del domador. Parece que podría haber intentado jugar a ser una calcamonía de Tony Blair con alguna corrección de vuelo: Blair es un cínico sin escrúpulos y Zapatero quiso mantener el escrúpulo sin renunciar al cinismo. Tanto se dejó pasear con un bajo palio de pureza de raza, hombre capaz de pedir perdón a la oposición si la ofendía, que al final todo el mundo empezó a fijarse en el viajero compulsivo y florecieron las dudas. ¿Quién es en verdad José Luis Rodríguez Zapatero?
El juez Calama, que esta semana imputó también a sus hijas y a su secretaria, ha empezado a buscar respuestas. Esta semana, en su primera comparecencia ante el juez José Luis Calama (Audiencia Nacional) reivindicó, como todo el mundo sabe, su presunción de inocencia. Claro que sí. Aunque conviene tener en cuenta que la ausencia de rastro, cuerpo o huella de delito no siempre convierte en inocente al absuelto. A lo que vamos: José Luis Rodríguez Zapatero ha dejado noqueado al PSOE. Cómo alguien capaz de desear la paz mundial con tan dulce empeño puede haber generado alrededor un presunto centro de alto rendimiento del pufo. En España, parte de culpa es nuestra, se habla demasiado de política. Todo lo infecta.
Cómo no entender el grado de decepción de algunas mujeres y hombres de buena fe, parte de las bases del partido, ante la situación náufraga de Zapatero. El invento está cayendo a velocidad de la luz y el legado (que lo hay) es pasto del olvido. No lo salva ya ni haber sido presidente cuando ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada (20 de octubre de 2011). La posible trama corrupta capitaneada por él puede pasar como un fotograma de Granujas de medio pelo (Woody Allen). Todo es feo, grasiento, grosero, nervioso, enjoyado. No goza de ninguno de los atributos sobrenaturales con los que fue interpretado por los socialistas españoles del siglo XXI. No parece dejar una biografía limpia. El enredo siempre es un porvenir para el hombre que no tiene otro. Su actuación del otro día ante el juez es el anticipo de la penumbra gótica donde empieza la rendición del bueno. Acabamos de descubrir que vivía una vida dentro de otra. Los amigos de correr, las hijas de maquetar, las joyas de a saber. El paisaje es demasiado policial para alguien que casi convenció al respetable de llevar envuelta el alma en la túnica de Gandhi. Parece que su vida pacificadora era espejismo. No cotizaba para los presos políticos de Venezuela sino por las otras materias primas.
Es difícil imaginar que Pedro Sánchez remonte (por un largo tiempo) el estercolero interior de este socialismo de realidad arrevistada. José Luis Rodríguez Zapatero es (por ahora) el último verduguillo del desplome incontrolado. Su proyecto es darle a cada uno lo que pide, por eso a la derecha le están creciendo más las alas. Esto también se lo debemos modestamente a Zapatero.
Los colegas de Venezuela lo han dejado tiradísimo. Por donde lo estudies, después de 15 años de jaleos con Venezuela (allí todo sigue igual), está considerado un peso muerto para la izquierda española. Tiene enganchado del cinturón al partido y van a compás bajando atmósferas mientras en la superficie un rumor de cementerio vaticina un belén viviente, aunque a la manera de El entierro del conde de Orgaz, el joyón de El Greco.




















