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El valor del dinero de los ricos pervertidos: ¿deberíamos...
Jorge Benítez · 2026-06-12 · via Columnistas

La reputación de Bill Gates se hunde por sus amistades inquietantes. Queda lejos el tiempo en el que fue elegido el hombre más admirado del mundo con un lifting mediático muy interesante

Bill Gates a su salida el miércoles de declarar ante el Comité del Congreso de EEUU por su relación con Epstein.

Bill Gates a su salida el miércoles de declarar ante el Comité del Congreso de EEUU por su relación con Epstein.AFP

Actualizado

Bill Gates compareció ante el Congreso de los EEUU para declarar sobre su relación con Jeffrey Epstein. Se mostró como una víctima más del depredador sexual. Incluso afirmó que había sido chantajeado por él ya que conocía las infidelidades maritales del picarón de Bill. Lo interesante del tema no son las aventuras y perversiones de Gates -esa responsabilidad es individual y si fuera punible, judicial-, sino las de su dinero.

Quien fue el hombre más rico del mundo ha donado 100.000 millones de dólares desde la creación en el año 2000 de la Fundación Gates. Según informa la prensa americana, quienes dependen de sus fondos no han renunciado al dinero por mucho que su prestigio haya sido dañado. El filántropo es hoy menos bueno que ayer, si bien su colección de millones le protege de la cancelación pecuniaria del cheque al portador, algo que no ha sucedido con otros asociados de Epstein. El dinero de Bill es bienvenido porque se impone la ética utilitarista, en la que todo se limpia si hay un buen fin, seas un violador, un narco o un cantante sin oído.

¿Sucedería lo mismo si la pasta que acabe con la poliomielitis o salve a la tortuga laúd de la extinción viniera del propio Epstein? ¿O de Harvey Weinstein, Dani Alves o Kim Jong-un?

En 2019, el año en el que Epstein fue arrestado y se quitó la vida, una encuesta realizada por YouGov clasificó a Gates como «el hombre más admirado del mundo». Resulta que en esta vida la bondad es cara y no son gratis ni los buenos sentimientos. Emily Glazer cuenta en el Wall Street Journal que Gates durante décadas ha contado con un equipo de élite dedicado al cultivo de su imagen. Tan meticuloso que estudiaba con un maniquí la ropa que al bueno de Bill le convenía llevar en cada acto para caer mejor. Si había que apostar por un jersey de cuello redondo o en forma de uve, el color adecuado de la camisa o el modelo de las gafas. Todo para parecer honorable. Por fortuna, la belleza no cotiza en el Nasdaq.

El éxito de la estrategia es incuestionable. Gates pasó de ser visto como el tiburón que asfixiaba a la competencia a cuñado ideal y arquetipo de Ned Flanders, el vecino bonachón y curilla de Los Simpson. Una inversión que llevó a Bill a competir con el Dalai Lama y el Papa en el primer puesto del buenrollismo planetario.

Las donaciones de los ricos siempre generan controversia. Es bueno que quienes han triunfado sean generosos con la sociedad. Sin ellos tendríamos menos museos y becas. Hay incluso quienes les consideran la solución para paliar las deficiencias del Estado y los ven como a gestores más eficientes. Sin embargo, la filantropía de las élites presenta también problemas morales y políticos. Sus decisiones respecto al apoyo de proyectos son siempre personalistas y, como dice Michael Sandel, muchas veces pecan de soberbia: el súper rico a veces se atribuye el mérito total de su dinero olvidando el entorno, la suerte o las condiciones de partida de su fortuna.

Estamos dispuestos a perdonar no a Bill Gates, sino a su parné, que ya hemos limpiado, en una versión apócrifa de Kill Bill en la que la Agencia Tributaria de la ética viste mono amarillo.