La de Ucrania es ya más larga que la I Guerra. Ni Zelenski ni Putin van a aceptar ahora una mala paz

Zelenski, ayer, en su visita a la catedral de la Dormición, atacada por RusiaAP
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Cuatro años, tres meses y 14 días duró la I Guerra Mundial. Cuatro años, tres meses y 23 días se cumplen hoy desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Aquella guerra relámpago, poco más que una «operación militar especial», como la denominaba Putin, se ha convertido en una pesadilla de más de 1570 días no sólo para el pueblo ucraniano, también para el ruso que la apoyó. Su presidente calculó mal. Zelenski resistió contra todo pronóstico y consiguió aglutinar en torno a él la defensa del país. Eso ayudó a que los esperados apoyos internos que preveían los rusos no se hicieran con el control del país. Y a todo ello se sumó la respuesta contundente del resto de Europa y de Estados Unidos. La guerra se alarga, no tiene fin, los pesos se han equilibrado y hasta el propio Zelenski escribe a Putin, y sobre todo a los que le rodean, para hacerle ver que su tiempo se ha agotado.
No es la única guerra, ni mucho menos es la más duradera. Actualmente hay unos 110 conflictos armados en el mundo, entre guerras civiles, fronterizas o internacionales. En todas hay muertos, heridos y desplazados. Pero hay tres, entrelazadas entre sí, que han marcado en lo que llevamos de década la geopolítica mundial. No son las de Sudán, Somalia, Congo, Etiopía , Burkina Faso... donde se siguen matando día tras día. Estas son guerras cronificadas en las que los enemigos se confunden entre estados corruptos, milicias, redes criminales, paramilitares, mercenarios y potencias mundiales que no están, pero que están. Son el resultado de un orden mundial en el que priman los intereses económicos. No es nada nuevo: la frase de «todas las guerras se libran por dinero» se atribuye a Sócrates.
Las guerras de Ucrania, Gaza e Irán no son fruto del nuevo orden mundial, están desordenando el que había. Sus promotores no midieron bien las consecuencias. El pacificador Trump llegó al poder prometiendo acabar con la guerra de Ucrania en 24 horas, quiso el Nóbel de la Paz por haber conseguido un alto el fuego en el genocidio de Gaza; y ayer se colgó la medalla de haber frenado un conflicto que él mismo ha desatado. Como no queda claro el provecho que le ha sacado a la contienda con Irán, se baraja que se haya abonado a la reflexión que hizo Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de su país: «Nunca existió una buena guerra ni una mala paz».
En Ucrania todo se le ha complicado. Ni Zelenski ni Europa, si aún tiene algo que decir, van a aceptar una mala paz, pero tampoco Putin. Contaba ayer Alberto Rojas en este periódico que, así como en la I Guerra la aparición de las ametralladoras fue determinante para que se alargara el conflicto, en la de Ucrania lo están siendo los drones, que se han adueñado del campo de batalla. La Gran Guerra si acabó con vencedores y vencidos, pero dejó unas heridas tan mal cerradas que veinte años después se volvieron a abrir. Provocaron la II Guerra, aquella que duró seis años y un día.






















