Zapatero prefiere pasar por falsario y descuidado mangante o defraudador que por contrabandista

El ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, a su salida de la Audiencia Nacional.AP Photo/Bernat Armangue
Actualizado
Zapatero está acorralado. Tanto que ha preferido sostener su inocencia. Abandonó el juzgado aturdido y sonado. Dejó en la sala al actor o impostor que fue. Se rehízo luego para publicar una nota sensiblera. Como si sólo le interesase el veredicto de los suyos. Pide confianza y el PSOE y Sánchez se la otorgan. «Siempre me conduje con decencia y honradez», proclama. Ferraz y La Moncloa celebran que haya superado el primer trámite. En La Moncloa impera la costumbre de celebrar cada hoja arrancada al calendario como si la prolongación de los días fuese ajena al curso de los acontecimientos. La situación de Zapatero hoy es peor que ayer, cuando el juez imputó a sus hijas -lo cual es una medida garantista-. La sensación que cundió en La Moncloa, y que se ha convertido en cultura de la estirpe, es la de haber ganado otro día.
Zapatero, Ferraz y La Moncloa lo fían todo al despiste y a las joyas. El menudeo tiene gran impacto visual pero es asunto menor. Sin embargo espeluzna que el PSOE esté dispuesto a costear que de los más de 500 regalos que recibió Zapatero, sólo se llevara aquello que ignoraba su valor y guardó olvidadizo en una caja fuerte. Salvado ese escollo, los socialistas naturalizan y disculpan que Zapatero engañara a los españoles, desdeñara sus propios códigos éticos e incurriera en un delito de ocultación a la Hacienda con tal de que las joyas hagan de cortafuegos.
Zapatero prefiere pasar por falsario y descuidado mangante o defraudador que por contrabandista. Además, si los delitos que se le imputan se perfilan y el juez probase la existencia de blanqueo de capitales, o apareciesen los vínculos con los hidrocarburos, se acreditase la intencionada dejadez de la Sepi y se verificase el tráfico de influencias por el caso Plus Ultra, los efectos alcanzarían a La Moncloa. Como si no fuese suficiente que Zapatero -y sus inmorales conexiones y servidumbres- condicionase la acción exterior de Sánchez.
«No les decepcionaré», comunicó a sus «conciudadanos»: «La verdad se abrirá paso», concluye. Zapatero se hacía el austero comiendo melón con sal. Su entorno arguye que recibió las joyas en 2007. Esas navidades, su Gobierno nos recomendó consumir carne de conejo, «blanda, saludable y apetecible», para hacer frente a los primeros síntomas de la crisis que no reconoció hasta mucho después: muestra de su siniestro encanto.























