Hemos visto exhibiciones descarnadas de lo que es el poder político, pero muchos han elegido vivir en una suerte de inocencia edénica

José Luis Rodríguez Zapatero abandona la Audiencia Nacional.EFE
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Desde que se conoció la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero, una parte del país se ha enfrentado a una dura e inesperada posibilidad: que alguien que trabajó durante 25 años como profesional de la política es capaz de mentir. Que alguien que se presentó a varios procesos electorales puede construir un personaje público que no se ajusta a quien realmente es. Y que alguien que luego avaló a un presidente que promete una cosa y hace la contraria también podía estar diciendo unas cosas y haciendo las contrarias.
Uno pensaría, claro, que todo esto forma parte del abecedario democrático. Que, en una democracia madura, todos aceptamos que los políticos -independientemente de su partido- son mentirosos y ladrones en potencia. No se trata de adoptar una actitud demagógica: uno puede dar por hecho que la mayoría de los políticos son honrados y tienen principios. Y que incluso los que acaban siendo investigados pueden perfectamente terminar absueltos. Pero esto es compatible con cultivar un sano escepticismo hacia sus palabras y sus motivaciones. Tanto la teoría como la historia de la democracia animan a ello. No todos los políticos mienten, pero todos los que han mentido afirmaron estar diciendo la verdad; no todos los políticos roban, pero todos los que robaron empezaron proclamando su honradez; no todos los investigados son culpables, pero todos los culpables empezaron siendo investigados.
En los últimos años, sin embargo, un sector de la población -incluyendo una parte de las élites periodísticas y culturales- parece haber olvidado estas lecciones básicas. Ha sido una amnesia inducida: la retórica sanchista sostenía que estamos en medio de una lucha global entre el progreso y la reacción. Por eso se hablaba de Zapatero como "referente moral", como si se tratase de un activista por los derechos humanos en vez de un veterano profesional de la política. Y si bien algunos asumieron esta retórica por cinismo o interés, otros parecieron creerla de verdad. De ahí la disonancia que muchos parecen haber sentido al ver su llegada a la Audiencia Nacional. Es otra paradoja de nuestro tiempo: hemos visto exhibiciones especialmente descarnadas de lo que es el poder político, pero muchos han elegido vivir en una suerte de inocencia edénica. Las consecuencias están a la vista.

























