Ministros sin Twitter, ¿se imaginan? Como quien arranca los cables de una orquesta de pueblo pasada de decibelios porque ya no le dejan dormir a uno con tanto ruido

José Luiz López Vázquez, en 'La cabina'.
Actualizado
Reino Unido se acaba de sumar a la medida española de prohibir las redes sociales a menores de 16 años y yo creo que ya va siendo hora de actualizar esa iniciativa y extender la prohibición a los que incluso tienen el doble, el triple y hasta el cuádruple de edad, desplegando así un paraguas protector que acurruque debajo al grueso de nuestra población tecnohipnotizada.
Ministros sin Twitter, ¿se imaginan? Tertulianos sin forma de replicar el argumentario que cada mañana les envían desde Moncloa o Génova, ¿se hacen a la idea? Contables, testaferros, comisionistas, fontaneras de partidos políticos sin WhatsApp con el que medrar, muñir, malmeter, tentar, pudrir...
Como quien arranca los cables de una orquesta de pueblo pasada de decibelios porque ya no le dejan dormir a uno con tanto ruido... Darle al off y ver qué pasa después, oye, que a lo mejor hasta había menos casos de corrupción porque no habría manera de mandar el mensaje corruptor, el sms desencadenante, el «tengo 2000 chistorras», el «Luis, sé fuerte» o lo que sea que tengan previsto decirse entre ellos pasado mañana. Todos quietecitos al fin. Un poco como decía Pascal: «Todos los problemas de la humanidad parten de la incapacidad humana de sentarse calmado en una habitación».
Les cuento esto porque lo mejor que me compré en este curso laboral que ya agoniza no fue un reloj inteligente, una freidora de aire o un coche nuevo. Sino -precisamente- otra caja de metacrilato de bloqueo de teléfono con temporizador por 35,99 euros en la que metes el móvil, tecleas el tiempo exacto que quieres que permanezca cerrada como un cepo y, así, pasas menos horas al día alelado mirando la pantalla del smartphone.
Escribo otra caja porque ya rompí una, pero eso es otra historia.
El asunto es que iba yo muy ufano con mi nuevo cacharro. Probaba. Me decía: venga, Pedro, dos horitas con el teléfono dentro del cofre encriptado. Venga, Pedro, prueba ahora con tres. Venga, que lo estás haciendo bien... Unos presumen con las fotos de los restaurantes a los que van y yo fardaba de la caja con aire supremacista. Hasta que ocurrió lo inevitable, claro.
Tenía un viaje de trabajo de un par de días y metí lo imprescindible en la mochila: también la caja-búnker que funcionaba como un respiro. Para poder leer en el largo viaje en tren, me dispuse a encerrar el teléfono durante cinco horas y media. O sea, tenía que pulsar 5.3, pero resulta que marque un 5 y un 3 sin el puntito del medio: 53. De tal manera que allí se quedó más de dos días el teléfono sin posibilidad de escapar lo mismo que López Vázquez en La cabina.
No recuerdo cómo ubiqué el lugar de la cita si no tenía Google Maps. No sé cómo cogí el tren de vuelta si tenía los billetes en el móvil... Al cabo de no contestar durante las 53 horas siguientes, mi gente poco menos que acabó llamando a la Policía.
Humillado y ridículo, todavía tuve que escuchar aquello al entrar por la puerta de casa.
-Anda queeee... Tú y la tecnología.



























