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Subirse al almendro porque sí
ÁNGEL NAVARRETE · 2026-06-11 · via Columnistas

Entre la vergüenza y la verdad sigue habiendo gente, quizá usted mismo, que apuesta por la autenticidad

La poeta María Castrejón, en Madrid, en 2017.

La poeta María Castrejón, en Madrid, en 2017.

Actualizado

Hay gente que no sabe vivir si no es poéticamente. Y algunas de esas personas consiguen también aceptarse como poetas en un mundo que, al cabo, nunca ha dejado de ser extraño, también en tiempos de Dylan Thomas. Personas capaces de subirse a un almendro porque sí, o para intentar ver cualquier asunto del día desde otra perspectiva. Supongo que, para vivir así, hay que ser sobre todo valiente. El verso que me viene primero es «donde pongo la voz pongo la herida», mientras pienso que debió de decirlo Ángel González. No fue así. Él escribió: «Donde pongo la vida, pongo el fuego».

Quién dijo lo anterior, no tengo ni idea. Quizá fui yo, cuando aún creía que también era valiente, que también era poeta, que me subiría al almendro, etcétera, etcétera. Tampoco recuerdo qué poeta dijo que la vida era una cuestión de sumas y restas. «Lo que te da el amor, lo que te roba el miedo». Quizá lo escribió el argentino Jorge Boccanera. O Alberto Vega, al que Ángel ayudó mucho, por cierto.

Insisto: estamos hablando de poética básica, nivel 1, gente que con suerte publicará algo, que no ganará mucho pero seguirá intentándolo porque no sabe vivir de otra manera. Poniendo la voz, la herida, la vida, el fuego... en prácticamente todo lo que acometa. Problema. Sí, problema. ¿Qué cuerpo aguanta tanta tralla? También se ha dicho todo sobre esto y se seguirá diciendo porque entre la vergüenza y la verdad sigue habiendo gente, quizá usted mismo, que apuesta por la autenticidad.

A mí todo esto a veces se me olvida y la vida me pasa por delante mientras, como a Icaro, los brazos se me rompen por haber abrazado nubes. Pero esta mañana he leído del tirón el poemario de María Castrejón No hay hormigas en la Antártida, aún no era ni de día, y he sentido fuertemente la paz de la verdad. O la paz de su verdad. Tiene esta poeta una especial habilidad para mezclar el horror con la belleza y que ninguno de los dos desentone. Y mucho menos el resultado. Podría hablarles del primer verso del primer poema del libro, pero les estaría arrebatando el placer de vivirlo en soledad.

Transcribiré otro: «Mi antártida tiene dos cuartos de baño, dos habitaciones y Netflix. Las pastillas contadas los productos de limpieza escondidos». A María Castrejón la conocí un verano pero era octubre. Ella llevaba un vestido rojo, largo, de tirantes, sin sujetador. Algún rizo, como siempre, ocultaba sus ojos. Era imposible no prestarle la máxima atención. Luego tuvo la osadía de hablar, incluso de recitar. La herida, la vida, la voz, el fuego.