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El Mundo
Manuel Arias Maldonado · 2026-06-11 · via Columnistas
El Papa León XIV, en la Iglesia de Sant Agustí.

El Papa León XIV, en la Iglesia de Sant Agustí.EFE

Actualizado

Pronto habremos olvidado la visita de León XIV -hermoso nom de guerre del norteamericano Robert Prevost- y pasado a otra cosa: así se las gasta la dictadura de la actualidad. No obstante, hemos aprovechado estos días para debatir sobre el papel de la religión en las democracias liberales y, no estando nada claro que la nuestra siga siéndolo, la cosa tiene su mérito. Huelga decir que el tema trasciende la apropiación partidista de la figura papal, que ha demostrado ser una tentación irresistible para nuestros políticos: incluso un presidente cuy discurso de investidura giró en torno al «muro» que debe separar a progresistas y reaccionarios ha considerado útil sumarse a las exhortaciones papales sobre la unidad cívica y el amor al prójimo. Supongo que habrá socialistas inclinados a citar el célebre aforismo de Nietzsche: «Los espíritus más elevados se comunican por sus cumbres». Medida ya la estatura moral de un Sánchez que ayer se dedicó a propagar bulos en el Congreso, quizá sea más razonable concluir que hablar es gratis.

No siempre fue así: cuando el poder espiritual tenía mando en plaza, muchos fueron los heterodoxos que hubieron de callar o disimular sus ideas. Solo gracias a la Reforma protestante -que acabó con el monopolio católico sobre la doctrina cristiana- terminó por aceptarse que la convivencia pacífica exigía que la fe pasara a ser un asunto privado. De modo que la tolerancia moral resultó del equilibrio de fuerzas entre católicos y protestantes; como nadie podía ganar aquella guerra, todos salimos ganando. Y así, andando el tiempo, el cristianismo se convirtió en una doctrina moral entre muchas; su protagonismo histórico en la gestación de la cultura europea, que naturalmente tiene luces y sombras, no le confiere ya ningún privilegio. A cambio, tal como ha recordado Víctor J. Vázquez en las páginas de este periódico, sus representantes tienen -faltaría más- derecho a tomar la palabra: coloque cada cual su mensaje en la esfera pública y que gane el mejor.

En un mundo donde las naciones siguen siendo la forma política dominante, por lo demás, no deja de ser interesante que el cristianismo se presente como una colectividad sin territorio: será cristiano quien ejerza como tal allí donde esté. Ocurre que la mayoría de los creyentes no se conduce con el rigor del Jesucristo de Pasolini; también ellos cabalgan contradicciones en la sociedad secular. Y si algunos creen -naturalistas- que los derechos fundamentales existen al margen del derecho y el Estado, como si fueran realidades en lugar de convenciones, pues tampoco pasa nada; otros van por la vida pensando que legalidad y moralidad son siempre coincidentes. No hay que exaltarse: todas estas palabras, también las mías, pronto envolverán pescado.