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(Noticias) La tensión entre productor y distribuidor es común en múltiples actividades económicas. Le pasa al agricultor con Mercadona y al escritor con Planeta. Pero no hay un caso comparable a la relación entre el periodismo y las llamadas empresas tecnológicas. La miseria del periodismo contrasta de un modo inédito e hiriente con la opulencia de esas empresas. Las tecnológicas distribuyen dos tipos de contenidos. Uno lo crean -gratuitamente- sus propios usuarios, y entre los usuarios hay que incluir a las instituciones que alojan sus mensajes en las distribuidoras. La Casa Real, por ejemplo, con los vídeos de Letizia periodista. El otro contenido lo producen los medios, y los usuarios se limitan a saquearlo para dar argumento y fundamento a la conversación global, que es la base del negocio tecnológico. En los últimos 25 años los medios han encajado dos graves fracasos. No han sido capaces de impedir, mediante la presión política o económica, el saqueo. Y tampoco han sabido organizar la conversación de las comunidades que de alguna manera representan. Los medios no han llevado literalmente al sistema digital aquella prodigiosa frase de Arthur Miller: «Un buen periódico es una nación conversando consigo misma».
El último informe (2026) de Reuters y la Universidad de Oxford sobre los hábitos de consumo informativo da cuenta de un agravamiento de la situación de los medios. Por supuesto ya no vale la pena referirse a la caída del consumo de periódicos. El dato añadido es la caída de las webs noticiosas. Entre 2013 y 2026 el tráfico global en las webs ha pasado del 71% al 51%. 20 puntos. En España aún ha sido superior: del 72% al 44%: 28 puntos. En esos 13 años todos los medios han caído globalmente. Por el contrario, ha crecido el tráfico en las redes sociales. Y últimamente en los podcasts y en los chatbots de Ia. La conclusión que se deriva del estudio es que, por vez primera, los ciudadanos leen, oyen o ven las noticias en mayor proporción fuera de los medios. Como esa pobre gente que come en Mercadona. Pero con delito: como si Mercadona saqueara los restaurantes para dar de comer.
La política no es ajena a esta situación. Tan poco ajena que es cómplice. La política, y en especial la europea, se enreda cada mes en ridículas regulaciones cuyo único resultado real es la ralentización de los progresos. Una parte de la creatividad de los innovadores ha de dedicarse a la áspera tarea de tratar de sortear las aduanas políticas, se trate de la que pone el gobierno Trump a los extranjeros para el uso de la mejor versión de Claude, las de Von der Leyen al sistema de grabación de llamadas telefónicas del iPhone o las de Starmer a las redes sociales de jóvenes ya con espolones. La política, sin embargo, no ha sido capaz de frenar la devastación del sistema periodístico. No era precisa una gran sofisticación: bastaba con que las empresas que comercian con la materia prima extraída por el periodismo pagaran una suerte de impuesto o canon. Algo así hizo la política en muchos países, incluido España, con la compensación por la llamada copia privada que paga el comprador de los dispositivos digitales. Pero la política ha sacado un gran beneficio de la ruina periodística. Ha debilitado, por no decir aniquilado, el molesto intermediario entre su propaganda y los ciudadanos. Ni siquiera Trump, que actúa en el país que aún conserva el ecosistema periodístico más potente, podría explicarse sin ese debilitamiento. Las redes sociales, además, han dado a cada político la posibilidad de ser un actor estelar y han satisfecho su vanidad hasta límites ridículos. Antes de internet la presencia pública del político estaba sometida a su capacidad de influencia, más o menos subliminal, en los medios, o al interés objetivo que tuvieran sus actividades o propuestas. Hace treinta años los periodistas juzgaban con desprecio el llamado periodismo de declaraciones. Hoy el sintagma ha desaparecido de la conversación pública, porque, efectivamente, todo es una declaración continua. El derrame más letal que podrían sufrir los políticos sería la súbita desaparición de Twitter, Tiktok o derivados y la vuelta a aquel difícil lugar en que la voz habían de ganársela. De un día para otro se los vería vagar acechantes por las inmediaciones de los medios, poblando lazaretos donde tratar de volver a la vida desde la adicción no satisfecha.
La factura de esta interesada pasividad de la política no la han pagado solamente las empresas periodísticas. La han pagado la calidad de la conversación pública y, por extensión, los ciudadanos y la calidad de su representación pública. Nadie me encontrará añorando sin objeción oh los buenos viejos tiempos de aquel periodismo, lleno de erratas, también morales. Pero el debilitamiento de la indispensable mediación que practicaba ha dañado gravemente el sentido. Los niveles cacafónicos de la conversación pública han aumentado de manera inédita. Y la inmensa mayoría de los políticos -con sus lógicas y contadísimas excepciones- ya no se ven obligados por el pundonor de la argumentación. En personajes que antaño vivirían en el inframundo de la agrupación local y hoy ostentan altísimas representaciones institucionales -sí, también usted está pensando en Francina Armengol, boatiné- hay, seguro, una manga ancha moral. Pero también un expedito técnico: no tiene que convencer a nadie y sus anocolutos se depositan francamente sobre los ciudadanos. No solo la declaración se ve afectada; también la decisión. El contrafáctico es un contrafuerte: nunca el presidente Pedro Sánchez podría haber hecho lo que hizo con su minoría parlamentaria y los sucesivos perdones a los delincuentes nacionalistas en un sistema regido por la obligación de rendir cuentas argumentativas. La destrucción del sentido en la deliberación democrática fue a la vez causa y efecto de su política, así llamada, tan justamente, audaz e intrépida.
El estudio trae también la considerable noticia de la pérdida del interés por las noticias. Un fenómeno también global. Aunque la caída española está entre las más considerables: del 85% al 54%, entre 2015 y 2026. 31 puntos. El Reino Unido aún cayó más: 33. Y Alemania (23) y Francia (22), algo menos. El desinterés es una medición basada en lo que los sujetos dicen de sí mismos, y tiene los problemas de su género. Se añade, además, la dificultad conceptual de establecer lo que es noticia y, sobre todo, lo que el individuo cree que es noticia. Reuters está trabajando, precisamente, en un estudio cualitativo sobre la definición de noticia que tiene previsto publicar este año. La caída del interés sumada a la pérdida de audiencia de las webs noticiosas y la incapacidad del periódico para recuperar a los lectores perdidos -¡la única esperanza es que los niños envejezcan y empiecen a comportarse con seriedad mediática!- debe obligar al periodismo a una renovación radical de sus contenidos. Noticias al margen, los lectores compraban los periódicos por razones de amenidad y de servicio: por el crucigrama y la cartelera, resumiendo. La irrupción de internet les arrebató esta parte importantísima de su oferta. No deberían renunciar a ella. Siempre es algo ilusorio aludir al Times en estos debates. Pero su Nyt Cooking es un ejemplo significativo. Hay millones de recetas en la web. ¿Cómo es posible que una de los principales motivos para suscribirse al Times, según reconoce el propio periódico, sean sus recetas? Es simple, es un verbo: prescribir. ¡Recetar! Un verbo que debería recorrer la amenidad, el servicio y por supuesto la oferta cultural. La noticia en el nuevo sistema mediático tiene otro verbo: descubrir, que es justo el opuesto a reproducir. Su valor es el mismo que tenía en el viejo periodismo; pero su precio ha bajado considerablemente. Por importante que sea una exclusiva, su exclusividad dura apenas segundos en la web. La prescripción resiste mejor. Entre otras razones porque no es un fogonazo que cambie la agenda del día sino un trabajo constante y sostenido por la confianza de la marca o de la firma. En cualquier caso, el desinterés por las noticias es el desinterés por: «La cloaca del Psoe siguió durante 'meses' a Biedma para 'destruir el proceso'». O por: «Tubos fichó cuatro años al exjefe de la Sepi tras recibir el rescate». Y por supuesto: el extremo cansancio que da el apocalipsis. Observar cada día que el mundo se acaba y constatar decepcionados que el periodismo está otra vez ahí contándolo.
Una nación desgañitándose consigo misma.
(Ganado el 20 de junio, a las 15:00, y ya van casi dos horas y nuestro galán de tranvía no le ha escrito aún a su amada la carta que merece, siempre nos quedará Villadiego, Begoña)
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