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Del funcionario Juan Carlos Nieto lo desconocíamos todo hasta la otra mañana, cuando llega una noticia marciana de la que es protagonista. El Servicio Público de Empleo Estatal (Sepe), donde trabaja más de media vida, le abre un expediente disciplinario por excederse en sus funciones. Esas funciones excedidas, a diferencia de lo habitual, se apoyan en esto: el funcionario Juan Carlos Nieto ayudado a ciudadanos y ciudadanas fuera del sistema de cita previa y, de paso, les aliviaba levemente la condena de la burocracia. El Ministerio de Trabajo, del que depende el Sepe, informa de que hay más motivos para fumigar a este funcionario, pero por lo comprobado hasta ahora Juan Carlos Nieto sólo es culpable de favorecer a los desfavorecidos de la maquinaria brutal del papeleo. Dar alivio al hombre o la mujer de la cola. Dispensar consuelo a quien busca trabajo. Prestar asistencia al que no sabe cómo ser asistido.
La violencia burocrática es una condena muy española. La perrería comienza en el mismo momento de pedir cita. Lo que sucede después puede ser cualquier cosa. A veces la fortuna se pone de tu parte y aparece un profesional decente, abnegado, responsable, con la sensibilidad bien engrasada para entender el espanto del otro ante una baraja de impresos, requerimientos, documentación de rico pelaje y más certificados, actas, expedientes o títulos. Casi nunca sucede esa aparición mariana, así que suele ser habitual rodar de mostrador en mostrador hasta desistir y dar tu ciclo en el mundo por acabado. Perdidos todos los sueños por la violenta trituradora de la Administración, la única ideología posible es la frustración. Más a la izquierda de la derrota sólo está la pared y el abismo.
Cuando caes en los dominios de un funcionario atento, sea éste o esta como sea, cualquier papel compulsado es una de las imágenes más bellas que se pueden contemplar. Pero estas emociones suceden pocas veces en un espacio público. Por eso es importante hablar del funcionario Juan Carlos Nieto, representante imprevisto de unos trabajadores dispuestos a suavizar la desesperación segura de cualquier trámite en ventanilla. Juan Carlos Nieto, amonestado. Juan Carlos Nieto, por ayudar. Juan Carlos Nieto, indispuesto para utilizar la gestión pública como valla fronteriza contra el ciudadano.
Coincide la penalización con un momento ratonero –uno más– del presente político y administrativo de España. Decenas de políticos y sus machacas bien pringados en informes policiales. Otros sentados en el banquillo y con un horizonte más oscuro que su reputación. Otros que aún flotan agazapados, pero intuyen que les queda poco para el hundimiento. Y alguno hay que aún chupa cárcel. En este tiempo de Kitchen (PP) y Leires (PSOE), con trileros de la primera línea política haciendo guardia en los juzgados, que encalomen a un funcionario por eso que hemos dicho es una avilantez que se cierne sobre la conciencia colectiva. Si preguntaran a Nieto qué daño ha hecho en la vida quizá hay que hurgar a fondo en los archivos para llegar a la conclusión de que sólo aliviaba calvarios, uno a uno, atendiendo a mujeres y hombres en el paro para quienes la vida ha dejado de ser noble, buena, sagrada (Lorca). Para el burócrata, sin aliento ni desaliento, quizá sin sangre, quizá confeccionado con metales pesados el reglamento es la vida. Igual que el ser humano que tienen delante es un expediente. Este es un modelo de alienación de primera calidad. El burócrata maneja el poder de descompensar el equilibrio mental de cualquiera con un sólo arqueo de ceja mientras echa para atrás el último de los papeles necesario para cerrar de una vez la pesadilla.
Del delirio al que puede llegar el espectro burocrático escribió mejor que nadie Franz Kafka. No sólo por conocer a fondo la mecánica, sino porque interpretó la envergadura de las pesadillas que desata. Y el ánimo calamitoso que instala en quien hace presa. El funcionario te ve venir, siempre te ve venir. Y sabe al sentarte en su jurisdicción que la inseguridad repta por tu pantalón, que estás a su merced, hasta instalarse en la boca y secarla, hasta instalarse en las manos y ponerlas a sudar, hasta instalarse en los ojos y extraer de unos ojos agachados todo su registro de espantos. Vuelva usted mañana. Eso es. Bien pensado, todo es ridículo y absolutamente letal.
La burocracia es rigidez, aglomeración, tiempo echado a perder en sillas de espera, tumulto, angustias y promesas rotas en el último momento. También degrada los valores humanos a un trapicheo de estampillas y es, a la vez, una doma. Una doma indecente hasta que el ciudadano dé el fruto deseado: la subordinación. Juan Carlos Nieto, funcionario expedientado, pudo escoger el otro camino, ese resumido en un sintagma recurrente: "Hijo, tú no te metas". Pero sabe que la angustia impide dormir. No existe nada tan moderno, tan rebelde, tan fuera de norma, como la bondad. Desconozco si es buena persona o las causas que defiende, pero entiendo una proeza auxiliar antes de que el agua llegue al cuello de quien pide ayuda. Nieto tampoco hizo caso a Kafka (quizá la frase es suya): "En tu lucha contra el mundo te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo".
El funcionario Juan Carlos Nieto es la muestra de que algunas partes del sistema funcionan mal. Lo pueden suspender de empleo y sueldo. Esa violencia laboral, cuando no puede justificarse, delata una ambición irreprochable: aquella por la que en la Administración cualquiera puede perder la vida si alguien no lanza a tiempo por la borda el el corcho flotador.
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