Casi resulta exótico ser madre, un capricho trasnochado, una locura intempestiva y nada ecológica

Dos niños en una clase de Madrid.
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De las amigas de mi edad, solo la mitad hemos tenido hijos. Entre las que apuran la treintena o ya tienen un pie en la cuarentena aún son menos. Casi resulta exótico ser madre, un capricho trasnochado, una locura intempestiva y nada ecológica.
En este mundo bartleby, no es que haya una oposición férrea a la maternidad, más bien un Preferiría no hacerlo. Por las condiciones, dicen, esa palabra vacía que pesa tanto: la vivienda, la precariedad laboral, la precariedad emocional (y es que la posibilidad de encontrar a un compañero comprometido e igualitario es tan baja como que te salga premiado un rasca y gana). Pero también por la amenaza que supone la superpoblación en este planeta de recursos finitos y avaricias rechonchas. A ello hay que sumar el cohete desromantizador lanzado a explorar la cara oculta de la maternidad/paternidad, de la que solo veíamos el brillo vaporoso y ahora vemos su superficie gris, llena de cráteres.
El resultado es que hoy tener hijos ya no es el destino natural sino una opción entre otras muchas, que compite con relumbres profesionales, hedonismo de aeropuerto y vidas más libres de responsabilidades. Antes, los niños venían sin querer, como vienen las estaciones o las ganas de comer. Se hacían solos, sin preguntarles si podíamos permitírnoslos. Hoy nacen de un Excel, de un cálculo de inversión emocional, de tiempo y de dinero.
De la fatalidad fértil a la libertad estéril. Del ojalá la parejita al furor gatuno. De la familia a la exaltación de la amistad para el cuidado mutuo en una vejez sin descendientes. De embarazos no deseados, y aun así llevados a término, a amigas que te cuentan, bajito, que sí, en otras circunstancias, hubieran tenido un hijo. Y esos niños que flotan en un limbo, que han heredado sus ojos aunque carezcan de cara, me producen una extraña forma de melancolía. La misma que cuando recuerdo que las españolas tenemos de media 1,46 hijos, y yo pienso en ese 0,46 que me falta, en un lóbulo, un moflete, medio bracito, un meñique.
Es como si la vida, de pronto, se hubiera cansado de insistir.
Cuántas cosas se disfrazan de decisión cuando la libertad escasea.
Tal vez la causa de este desinterés natalicio se deba a que hemos dejado de creer en el futuro, que desde que llegamos a él vía tecnología ya no necesitamos la idea del futuro. Y los hijos siempre viven en el porvenir. Un hijo es agua que corre sin descanso, que no deja de fluir.
He llegado incluso a preguntarme si, como animales que somos, nuestro instinto vela de forma inconsciente por la supervivencia de la especie y eso explicaría actos disparatados como votar a tarados, amorales y genocidas.
Todo tiene ventajas, claro (hasta morirse las tiene), no tener descendencia también, pero renunciar a un hijo es renunciar a esa idea doméstica de eternidad. Que el tiempo sea solo un espejo que nos devuelve nuestra imagen, sin mancha de deditos, sin dibujos torpes en el vaho, sin palabrotas balbucientes. Ver crecer a un niño (no hace falta que sea propio) es ver nacer el mundo en sus ojos y comprender. Comprender tanto.























