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B�rbara Blasco · 2026-06-17 · via Columnistas

Me gusta pensar que no se puede separar nada, que todo queda adherido a las páginas, como la grasa a los azulejos de una cocina

Miles de personas en la Feria del Libro de Madrid.

Miles de personas en la Feria del Libro de Madrid.EFE

Actualizado

Por supuesto que el mundo literario es tan absurdo, tan injusto y tan decepcionante como cualquier otro. Por supuesto que no triunfa lo bueno, aunque a veces sí; que no manda el talento, aunque a veces sí; que no se escribe pensando únicamente en la literatura, aunque a veces sí. Exactamente como en cualquier otro mundo.

Caminas por la Feria de Madrid bajo un sol que deja las figuras pixeladas, mal renderizadas por el calor, y ves una larga cola y al final está Megan Maxwell. Y ves pasar a un amigo escritor, premiadísimo, que camina solitario, con cansancio de mula ilustrada. Y otra cola grotesca: firma Javier Castillo. Más allá, una pareja de pequeños editores que resisten heroicos otro año de entusiastas pérdidas, y otra cola más, pero ya ni estiras el cuello para ver quién se sienta a firmar.

Y cuando cae la noche vas a la fiesta posterior, donde la literatura se traviste de antropología. Y aunque tú sabes que el salseo no es privativo de los escritores, nadie añade mejores notas a pie de página. Y te cuentan de un autor, no importa quién, que tiene aspecto de cervatillo intelectual, inofensivo: a la luz del día, en su taller, trata a las alumnas talentosas con saña para después mandarles mensajes rugosos en la penumbra de lo privado. Sigue el manual del taxidermista sexual: primero humillación, luego seducción, con la admiración siempre fluyendo desde la uretra. Se ha acostado con media matrícula. Incluso el día de su boda le escribió a una alumna: «Me caso con ella, pero no dejo de pensar en ti». ¿De verdad en el siglo XXI, ya abolidos los matrimonios de conveniencia, a alguien le funciona tan patética retórica?

Mientras, Megan Maxwell escribe. Escribe tres libros al año y afirma: «Cuando el amor es verdadero, siempre busca la manera de sobrevivir, incluso en las circunstancias más desafortunadas».

La semana anterior le había dicho a mi marido: «Cariño, empiezo a creer que algunos de nuestros amigos son drogadictos». «Hay que separar al autor de la obra», me respondió él. Y nos reímos, pero la frase vuelve, como un cuñado por Navidad. Hay que separar al autor de la obra.

A mí me gusta pensar que no se puede separar nada, que todo queda adherido a las páginas, como la grasa a los azulejos de una cocina. Y que está bien que así sea. Que la literatura es eso escrito por seres imperfectos que habla de seres imperfectos.

Pero esa noche me contaron también que el autor taxidermista le había robado la idea de su última novela a otra alumna del taller. Era el proyecto que ella había llevado para trabajar. Una novela que ahora ocupa las mesas de novedades, que recibe buenas críticas, una novela que yo tenía ganas de leer. O quizá ya no.

Y sé que para algunos hombres, las mujeres no somos colegas ni siquiera discípulas, sino puro material, por obra y desgracia de Dios. Pero una cosa es tratar de robar un cuerpo y otra las ideas. Aún no sé por qué lo segundo me escandaliza más. Y tampoco por qué me escandaliza que me escandalice más.