Lo de recibir esmeraldas de Zambia y zafiros de Tailandia, se mire como se mire, no era aceptable ni antes ni ahora

Zapatero, durante una visita a China, en abril de 2011.EFE
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El ex presidente Zapatero pasa probablemente por el peor momento de su vida. De repente el cielo se le viene encima y el mundo se hunde bajo sus pies. Todo al mismo tiempo. En una situación así el instinto de supervivencia se desata en un intento de aferrarse a algo sólido, pero no siempre se acierta. A veces, sucede justo lo contrario y todo lo que podía salir mal acaba peor y sin remedio.
Zapatero acudió a una comisión de investigación en el Senado y lo negó todo. Bueno... todo todo, no. Admitió haber elaborado informes de consultoría para Análisis Relevante, la empresa de su amigo Julito, la mayoría de ellos orales y reconoció también haber metido a sus hijas en el negocio para que maquetaran los pocos textos que evacuó por escrito, por cierto, redactados por un tercero. Todo ello le proporcionó pingües beneficios. A él y a las hijas.
Zapatero, en aquella ocasión, también se quejó de los infundios y mentiras que, recalcó, se estaban vertiendo sobre su persona. Los palmeros del PSOE, ni que decir tiene, abundaron en la teoría de que esa arremetida se debía al hecho de que el ex presidente era un activo electoral de primera para la causa de Pedro Sánchez. Hay que disculparles: en aquel momento, nada sabían de una caja fuerte con un botín de joyas.
Cuando se descubrió el pastel se les quedó cara de tontos pero, como no es cosa de admitir errores, optaron por rebuscar justificaciones aunque fueran clavos al rojo vivo.
Ahí salió la baza de la herencia de la abuela, que valdría entre 30.000 y 50.000 euros.Por supuesto, nada de obsequios de satrapías petroleras. ¡Menudo bulo! Esa fue la primera versión vía portavoz oficial y jaleada por afines.
A partir de ahí comenzó el descalabro. La tasación de las alhajas asciende a 1,3 millones de eurazos y, ante tal cifra, hay que explicar su procedencia y demostrar haberlas declarado. Solución de urgencia: recuperar el cuento del regalito árabe y apuntalarlo como se pueda. Así, el obsequio se remontaría a 2007 y el generoso donante ya criaría malvas. Hasta Sánchez se apunta a difundirlo añadiendo una sentencia genial, que por algo es presidente: «La España de 2007 no es la España de 2026; ni la legislación de hoy es la de 2007». Ojos como platos.
Suponiendo que la segunda versión, que salta de la abuela al árabe, sea la cierta, resulta penosa como argumento de defensa. Más que nada porque fue Zapatero -entonces era el incorrompible- quien aprobó en 2005 ese Código de Buen Gobierno que prohibía aceptar regalos «más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía». La verdad es que hay que ser muy pero que muy cortés para hacer obsequios que valen más de un kilo y hay que tener mucho, pero que mucho cuajo, para admitirlos saltándote tu propia doctrina dos años después.
Más aún, en aquel entonces ya existía en el Código Penal un artículo -era el 426- que castigaba con multa de tres a seis meses la aceptación por parte de autoridad o funcionario público de regalos ofrecidos en consideración a su cargo. Ese artículo se reformó en 2010, también por obra de Zapatero que para entonces ya tenía a buen recaudo el joyero, y pasó a ser el actual 422 que castiga el hecho con prisión.
Conclusión: Lo de recibir esmeraldas de Zambia y zafiros de Tailandia, se mire como se mire, no era aceptable ni antes ni ahora. La España de 2026 no es la de 2007, cierto, pero hay cosas que ni el paso del tiempo puede blanquear.






















