Los escándalos seguirán ahí tras cada victoria o derrota de la selección, al menos hasta que lleguen los fatídicos cuartos de final

Aficionados estadounidenses festejan el triunfo sobre Paraguay.AP
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La mera idea de tapar los gravísimos casos de corrupción política que llenan los telediarios con otros eventos debería provocarnos una profunda vergüenza, pero ahí estamos. A eso nos lleva una política que solo piensa en el próximo ciclo informativo: un día, dos, una semana como mucho. La última genialidad consiste en confiar en que el Papa, el Mundial de fútbol y la llegada del verano tapen el olor a descomposición.
Ciertamente, el Mundial centrará buena parte de la atención pública durante semanas. Y no sería la primera vez que un gran acontecimiento deportivo altera la conversación pública. Hablaremos de goles, pero también de política, identidades nacionales y geopolítica. La pregunta es si puede cambiar la forma en que los ciudadanos ven la política.
La evidencia muestra que los Mundiales pueden reforzar la identidad nacional e influir en la valoración de los gobiernos. Ocurre sobre todo cuando existe un fuerte vínculo emocional con la selección. El problema para los gobernantes es que esos efectos suelen durar poco: el entusiasmo patriótico se desvanece y la política cotidiana acaba regresando al primer plano.
Una segunda estrategia de distracción consiste en desplazar la atención hacia el país anfitrión. En otras palabras, convertir el Mundial en un plebiscito sobre Trump. Pero esto tampoco está tan claro. Los estudios muestran que la organización del Mundial de Brasil en 2014 mejoró la imagen del Gobierno brasileño. El caso de Qatar en 2022 muestra que todo depende del enfoque de las noticias. Cuando los medios se centran en la capacidad organizativa, la imagen del país mejora. Pero cuando el foco se desplaza hacia los derechos humanos, ocurre lo contrario.
Todas las miradas están puestas en Estados Unidos, que albergará tres de cada cuatro partidos. No han faltado las críticas desde la izquierda ni los intentos de leer el torneo en clave política. Sin embargo, la experiencia de otros Mundiales sugiere que la percepción final dependerá del éxito organizativo del evento. Al final, la reputación de los anfitriones suele construirse más sobre la experiencia del Mundial que sobre las controversias que lo preceden.
Pero este Mundial tiene una particularidad: dura casi mes y medio. Demasiado tiempo para esperar que el fútbol sustituya a la política. Los escándalos seguirán ahí tras cada victoria o derrota de la selección, al menos hasta que lleguen los fatídicos cuartos de final.




















