El votante con suscripción vitalicia, o sea, tribal, al PSOE vuelve a lamentarse tras la tasación de las joyas de Zapatero. Se preguntan si, ¡en este país!, no queda un solo político decente

Uno de los collares de piedras preciosas hallados en la caja fuerte de José Luis Rodríguez Zapatero.
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¡DECEPCIÓN!
Si se retira los auriculares y logra su cóclea sortear los tuc tac, tuc tac que producen ya las chanclas de plástico al palmetear las aceras, podrá el oído identificar un ruidilllo agudo y seco, similar al del pantalón de algodón cuando estalla sobre un muslo incontenible. No será el origen un pedazo de vaquero extenuado. Procederá el chasquido del interior de la caja torácica del votante del PSOE que camina a su izquierda, derecha, delante, atrás. La confirmación de que el tesoro de Zapatero no estaba compuesto por souvenirs de la etapa de operista de su mujer les ha rasgado el corazón. No queda ni un solo político honrado, se lamentan. Se niegan a aceptar que el expresidente se haya podido echar unos bailecitos con la ilegalidad.
Como a la mujer cuya autoestima raquítica la conduce a poner de vuelta y media a toda congénere a la que perciba más lista, más guapa o más atlética, hay hombres que se desfiguran a sí mismos en cuanto les cae en lo alto una parcelita de poder. Se ven, en su puesto como vigilante de seguridad de un museo, en la dirección de un concesionario de coches eléctricos, como encarnaciones de Diké, administradora de castigos. Ellos controlan el percal.
Si el terrucho asignado aumenta de tamaño, el sueldo engorda y a la lista de ingredientes se incorpora la popularidad, zalamera y pelota, sucede que el ego se acomoda en una cáscara elefantiásica. El hombrecito, jaleado por sus semejantes, dispuesto a interpretar el chancleteo de la calle como ovación espontánea, comienza a contemplarse como una criatura divina e inviolable. Se asume, en definitiva, por encima del bien y el mar.
Al eliminar un orden superior al humano, reliquia de su circunstancia, uno se acaba construyendo diosecillos caseros moldeados con ensoñaciones, lares y penates que se instalan en el centro del salón a través del televisor. El único faro moral detectable en un político es uno sin luces.
En varias dosis, Queridos niños, de David Trueba.
A CASITA
Junto a la cabeza de Julia, la escultura de Plensa que copreside la plaza de Colón, está a punto de proyectarse el careto de Benito Antonio Martínez Ocasio, al borde del nombramiento como Hijo adoptivo de Madrid. Hasta el lunes Bad Bunny continuará mandando de vuelta a casa a centenares de personas con una camarita de fotos fluorescente al cuello. Tras diez días, el puertorriqueño habrá logrado lo inimaginable: habrá llegado al fondo del pozo de famosos, famosillos y famosetes españoles. ¿Recuerda cuando se desperezaba, ojeaba internet y no sufría durante las 11 horas posteriores un secuestro cerebral por parte del versillo «por la mañana, café; por la tarde, ron»? Resista. Tiempos mejores se avecinan.
Antes de que en septiembre Shakira comience su propia residencia musical en Madrid, un homenaje a la realeza latina original, la artista que ganó a Hacienda: Servicio de lavandería, en bucle.























