


















(Una derrota) El instructivo centón La Sagrada Familia y nuestro tiempo debe comenzar con este párrafo del primer artículo que escribió el arquitecto Oriol Bohigas y que se publicó en la revista Barcelona Atracción [diciembre de 1945]: «La furia marxista de 1936 se cebó también sobre este insigne monumento arquitectónico. Su valor artístico quedó olvidado ante las turbas, que solamente vieron en el soberbio templo su significación religiosa. La cripta y las escuelas parroquiales [...] fueron destruidas y saqueadas. El profanado cadáver de Gaudí tuvo que ver hecha escombros su gran maqueta del templo, sus planos perdidos en ceniza, sus hierros, como en horribles agonías, retorcidos por fuerzas impías, y aquella gran fábrica a la que todos habían entregado amor y trabajo, abandonada y sola, señalando al cielo con sus cuatro dedos puntiagudos, clamando perdón. Y el templo quedó como una flecha caída en mitad de su camino, esperando una mano que la volviera a echar al vuelo. [...] Y Barcelona ha empezado a trabajar. [...] Se han hecho los planos de toda la obra en su estado actual. Se continúa trabajando, se amplían detalles, se busca en todo hasta su más íntima idea creadora. Por otra parte, se recogen los desastrados restos de la gran maqueta. Y se empiezan a estudiar y a fijar las soluciones constructivas del maestro, que, perdidos definitivamente sus estudios y dibujos, hay que buscarlos en simples recuerdos personales, fotografías, artículos, libros... [...] El trabajo es grande. Pero Barcelona quizá pronto vuelva a ver la maqueta tal como la concibió Gaudí. Y ojalá también pronto oiga el primer golpe de piqueta que abra el suelo para dejar crecer poco a poco las cuatro agujas de la Puerta de la Pasión».
Bohigas tenía entonces 20 años. La Sagrada Familia fue concebida a finales del siglo XIX como templo expiatorio de los pecados de Barcelona. A la tradición de la ciudad criminal y prostibularia el joven Bohigas añadía el pecado marxista. Pero siete años después su opinión había cambiado. En una carta pública al historiador Juan Antonio Gaya Nuño escribía: «Continuar el plan Gaudí es un gravísimo error, entre otras poderosas razones porque este plan no existe en absoluto. La única solución viable es la de esperar que un día salga un buen arquitecto que continúe la obra con una acusadísima personalidad. Pero no se preocupe usted, señor Gaya Nuño, ese arquitecto por ahora no saldrá, como no ha salido en ningún país la nueva arquitectura religiosa, porque nadie puede trabajar sinceramente sobre un tema que no tiene actualidad. Y, desengañémonos, ese de la Sagrada Familia no interesa casi a nadie» [Destino, 18 de octubre de 1952].
Y fue Bohigas, finalmente, uno de los promotores principales de la carta publicada en La Vanguardia Española [9 de enero de 1965] contra la continuación de la obra. Entre las impugnaciones estaba, justamente, la necesidad de expiación: «No creemos que exista este sentimiento popular, ni que nadie se sienta vinculado de veras a esta empresa colectiva de expiación». Aunque, obviamente, el argumento principal era artístico: «¿Es posible terminar un edificio? A nadie se le ocurriría terminar un cuadro o una escultura, pero un edificio ¿se puede terminar sin el arquitecto que lo concibió? [...] No disponemos de ningún proyecto, de ningún plano auténtico de Gaudí. Esta razón es concluyente y todas las anteriores parecen innecesarias. No se puede continuar la Sagrada Familia de Gaudí porque no existen planos; todo lo que se haga son improvisaciones. Nadie que respete de veras la obra gaudiniana puede colaborar a esta mixtificación». En el primer volumen de sus memorias —Combat d'incerteses, uno de los grandes libros de la historia de Barcelona y de historia de las ciudades—, Bohigas enmarcó la oposición en la necesidad de evitar «las horteras interpretaciones de los estilos históricos, los pastiches deplorables, y la falta de respeto, tanto a la historia como a la arquitectura». Más sintéticamente, recogía luego la opinión de Francisco de Paula Nebot al pintor Víctor Moya: «¿Pero no ve, Moya, que los campanarios de la Sagrada Familia parecen cuatro botellas de gaseosa?».
El origen de la carta de La Vanguardia no está documentado, que yo sepa. Pero el arquitecto y diseñador Oscar Tusquets sostiene que la idea fue suya. «No quiero presumir de haber tenido la idea, pero la tuve». Su nombre no figura entre los firmantes: «Yo era un jovencito que acababa de terminar la carrera y me habría parecido una falta de respeto haberme puesto al lado de los maestros». Tusquets añade que fue su hermana Esther la que redactó la carta, y que las contribuciones de Bohigas y su socio Josep Maria Martorell fueron las más importantes. La presencia de Tusquets en el origen es paradójica, porque con los años cayó del caballo y se dio dos ruidosos golpes de pecho, primero en Domus y luego en el diario El País: «¿Cómo pudimos equivocarnos tanto? Si hace 50 años se nos hubiese hecho caso, esta maravilla no existiría». El arrepentimiento de otro firmante de la carta, Josep Maria Subirachs, no se limitó a las palabras. Años después realizaría las esculturas de la fachada de la Pasión, llegando a vivir, como hizo Gaudí, en el propio templo, aunque murió de forma natural.
Lo verdaderamente importante de la carta abierta no son los argumentos. Incluso rozan lo pintoresco, como cuando asoma —probablemente por influencia del católico Martorell— algo de curaobrerismo en esa instrucción de construir pequeñas parroquias por oposición a los grandes templos. Lo deslumbrante son algunas de las firmas. El Movimiento Moderno: Le Corbusier, Gio Ponti, Ludovico Quaroni, J. A. Coderch, Vittorio Gregotti. El Movimiento Moderno escrito: Ernesto N. Rogers, Nikolaus Pevsner, Bruno Zevi, Gillo Dorfles, Giulio Carlo Argan. La que acabará siendo la Escuela de Barcelona: Antoni Bonet, Oriol Bohigas, J. M. Martorell, David Mackay, Federico Correa, Alfonso Milá, Ricardo Bofill. Los dos pintores: Joan Miró y Antoni Tàpies. La gran arquitectura española: A. Fernández Alba, R. V. Molezún, J. A. Corrales y Javier Feduchi. Y Cela, Barral, Gil de Biedma y Espriu.
La publicación de la carta tuvo una consecuencia importante. Ningún año hasta entonces la Junta Constructora había recaudado tanto dinero. El divino presagio de una derrota sostenida que culminó esta semana con la bendición de la torre de Jesucristo a cargo de Robert Prevost. No tengo noticia de que, en ninguna parte del mundo, los modernos hayamos sufrido una derrota semejante. Cierto que no hemos sido vencidos ni por la religión ni por la belleza, sino por el espectáculo. Un giro no previsto. O solo parcialmente previsto por Guy Debord [La sociedad del espectáculo, 1967] en los mismos años de la carta. Debord sostenía en su libro que la representación había sustituido a la vida real. Pero era un diagnóstico que podría aplicarse, en realidad, a cualquier forma de arte. Incluso de lenguaje. La evidencia de esta época es que el espectáculo ha sustituido a cualquier forma de representación.
El primero que puso negro sobre blanco a La Sagrada Familia fue Orwell en Homenaje a Cataluña: «Por primera vez desde que estaba en Barcelona, fui a echar un vistazo a la catedral, una catedral moderna y uno de los edificios más horribles del mundo. Tiene cuatro agujas almenadas exactamente con la forma de botellas de vino del Rhin. A diferencia de la mayoría de las iglesias de Barcelona, no sufrió daños durante la revolución: se salvó por su "valor" artístico, según se decía. Creo que los anarquistas mostraron mal gusto al no volarla cuando tuvieron la oportunidad, aunque colgaron una pancarta roja y negra entre sus agujas». Ahora bien, si yo tuviera que escoger una blasfemia que me representara, no dudaría en reproducir este precioso pasaje de la revista La Tralla, del 26 de octubre de 1906, que describe la visita de Miguel de Unamuno a las obras expiatorias y que traduzco modosamente a la lengua común: «El sabio de Salamanca visitó el templo en construcción de la Sagrada Familia, que ha sido admiración de las más grandes eminencias extranjeras, que siempre han dedicado a Gaudí los mayores elogios. Al sabio de Salamanca no le gustó aquella joya indiscutible del arte arquitectónico. Pero de Gaudí solo obtuvo esta respuesta:
—No gusta a ningún castellano».
(Ganado el 13 de junio, a las 14:08, en la hora final de David Hockney, sabiendo que nadie pudo extinguirse con mayor elegancia y dejar tan precioso legado, splash)
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