Antes de jugar al póker con Xi, el presidente estadounidense tendría que haber mirado sus cadenas de suministro

El presidente estadounidense, Donald Trump.AP
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Cuando a partir de 1840 el comercio de esclavos africanos se resintió, los hacendados españoles en Cuba comenzaron a contratar trabajadores chinos. Eran, en teoría, hombres libres que firmaban un contrato de trabajo de ocho años a cambio del pasaje a Cuba, vivienda, manutención y el salario. Sin embargo, al llegar a Cuba descubrían que la deuda adquirida por el pasaje, el alojamiento y la manutención absorbía el supuesto salario. Las condiciones eran terribles: trabajo extenuante, palizas y una miseria tal que al concluir los ocho años ni siquiera habían generado el ahorro suficiente para pagarse el pasaje de vuelta. Muchos murieron o se suicidaron y otros tantos se quedaron en Cuba. De aquello quedó en la sabiduría popular la expresión «engañarte como a un chino».
Justo a la par, en 1840, comenzaba lo que la historiografía china describe como el «siglo de la humillación», caracterizado por la ocupación militar occidental, la imposición de Occidente a China de una serie de tratados injustos -incluidos los relativos a la venta de opio- que subordinaban China a Occidente y limitaban la soberanía china.
Hoy, Xi Jinping no solo proclama «el gran rejuvenecimiento de la nación china» sino que describe sin tapujos a EEUU como una potencia en declive. Pero la actitud suplicante de Trump en Zhongnanhai -«te he traído a los números uno de las empresas más grandes del mundo», le explica a Xi como muestra de su buena voluntad- dibuja muy bien esa mentalidad de vasallo en las que los europeos nos reconocemos tan bien ante Washington.
Trump se ha ido con las manos vacías de Pekín. El año pasado, el presidente que ridiculizó a Zelenski diciéndole que no tenía cartas lanzó un órdago comercial a China pensando que podía doblegarla. Pero Xi Jinping vio el farol e impuso a EEUU un control de exportaciones a los minerales críticos, imanes permanentes y tierras raras de los que depende la industria de defensa estadounidense y en los que China tiene un cuasimonopolio productivo y comercial. Trump se levantó un día descubriendo que su mejor avión de combate, el F-35, requiere 400 kg de esos materiales, su mejor destructor, el Arleigh-Burke, 2.600 kg, y su mejor submarino, de la clase Virginia, 4.600 kg. Game Over, Mr. Trump. Antes de jugar al póker con Xi, mira tus cadenas de suministro y piensa, estratégicamente, como mínimo en ciclos de 100 años, no de 10 minutos.
























