Quizá el problema era que no amaban el mundo ni conocían la buena vida, no habían comido jamás una buena comida y no aprendieron a bailar en unas fiestas patronales

Mark Zuckerberg, CEO de Meta.AFP
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El futuro que imaginábamos cuando éramos niños era muy apetecible: máquinas del tiempo, coches voladores y viajes a otras galaxias pobladas por seres a veces amigables, a veces aterradores. Era una idea de futuro en el fondo antigua, pues satisfacía una pulsión ancestral del ser humano: el espíritu explorador. Al igual que en las épicas del pasado, aquel futuro consistía en buscar nuevos mundos e inventar vehículos capaces de llevarnos cada vez más lejos.
El futuro ya está aquí, y apenas podemos mandar a cuatro tipos a la vuelta de la esquina. La tecnología no nos convirtió en exploradores de otros mundos, sino en criaturas sedentarias, encerrados en sus cuartos, cada vez más incapaces de despegar los ojos de una pantalla. El futuro ha resultado ser decepcionante: el móvil, las redes sociales y ahora una inteligencia artificial que pensará por nosotros.
Es evidente que el futuro que tenemos no lo imaginaron los novelistas ni los cineastas de ciencia ficción (con la salvedad de los terroríficos vaticinios de Orwell y Huxley), sino un par de adolescentes feos y retraídos a los que nadie sacaba a bailar. En vez de inventar algo verdaderamente extraordinario, inventaron Instagram, WhatsApp o Facebook, que son una manera de relacionarse para la gente que no sabe relacionarse.
Recuerdo haber oído una vez a Ferran Adrià decir que España es un país enormemente creativo e innovador, pero todo ese I+D está enfocado a objetivos muy distintos a los de aquellos nerds de Silicon Valley. Él hablaba de cocina, de hostelería, de hospitalidad, y tiene razón. Basta pensar en la evolución del gin-tonic en España: de aquel vaso de tubo con un hielo triste y una rodaja de limón revenida, a la liturgia actual de la copa ancha, los hielos enormes ultracongelados, la corteza de lima kefir, el lemon grass y la tónica Fentimans.
Cada sociedad aplica su inteligencia a aquello que más valora, necesita o desea. Los israelíes innovaron los que más en gestión de recursos hídricos escasos, los italianos en hacer cosas deslumbrantemente bellas, desde los trajes a los coches. Nosotros, cuando nos ponemos, innovamos con un talento extraordinario en todo lo que tiene que ver con la fiesta y la buena vida. No es una forma menor de progreso. Si Ferran Adrià o Paco Morales hubieran nacido en California, seguramente estarían diseñando microchips u ordenadores cuánticos. Pero, afortunadamente, sus cabezas cayeron en un lugar donde el sueño del progreso iba por otro camino.
Conviene por ello dejar de admirar tanto a esa gente de Silicon Valley; no son más innovadores ni aplicados que nosotros, simplemente tenían otro foco. Empezamos a ver ahora que gran parte de lo que han construido no solo era innecesario, sino que además ha empeorado nuestras vidas. No trabajamos menos, no somos más libres, no vivimos en una sociedad más justa. Al contrario: han levantado una arquitectura de la vigilancia, del poder y de la dependencia.
Quizá el problema era este: que no amaban el mundo ni conocían la buena vida, no habían comido jamás una buena comida, no sabían lo que era un buen traje y no aprendieron a bailar en unas fiestas patronales. No estaban fuera, con los demás, sino encerrados delante de una pantalla cuando nadie lo estaba, y nos han terminado encerrando a todos en una pantalla.






















