




























El verano es el tiempo del ocio y a mí, de natural inquieto, el ocio me paraliza

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A cada cual, su estación maléfica. La mía es el verano, que empieza hoy oficialmente. No lo puedo evitar: es el tiempo del ocio y a mí, de natural inquieto, el ocio me paraliza. Menos estación que estacionamiento, en verano el sol se queda parado en lo alto (eso significa «solsticio») y me arrastra en su quietud. Sí, ya sé que supuestamente el verano libera horas para tareas relegadas durante el curso: leer novelas, pintar muebles, ordenar altillos. Un ocio hacendoso: tal es el contradictorio mandato estival. Da igual, llega septiembre y lo hemos dejado todo a medias porque el verano es también el tiempo de la alteración: diversión obligatoria, playas repletas, retumbantes verbenas. Una conjura universal para echarte de ti mismo y de tu cuarto que pone a prueba el ánimo de los moderadamente huraños. Da la impresión, por lo demás, de que si los modernos acumulan bullas y guateques durante el verano es para compensar lo que los antiguos ya sabían: que la naturaleza hizo del verano el momento del año en que se languidece y se muere (como revela el preciso significado que tiene en nuestra lengua el verbo «agostar»). El arte también da la razón a los desconfiados. Que alguien escuche el Estío de Vivaldi y me diga si suena a estación alegre: es sopor de plomo y granizo que siega el trigo. En la literatura, de Ripley a Gatsby, pasando por los dramas sureños de Tennessee Williams, el verano y la violencia insensata hacen pareja de hecho. Incluso Camus, que cantó como nadie al verano en las ruinas de Tipasa, hace que Meursault apriete el gatillo à cause du soleil, por culpa del sol. Expuestos los cargos, viene la confesión. Sé muy bien que toda esta diatriba antiestival descansa sobre un pequeño agravio biográfico: que unos veranos infantiles canónicos, salidos de una novela de Enid Blyton, no tuvieran luego continuidad en unos veranos juveniles que yo hubiera querido como los de las películas de Éric Rohmer, sensuales y ligeros. He tenido veranos con y sin novia, pero falta en mi haber vital un idilio veraniego que, a juzgar por los anuncios de cierta marca de cerveza, es un derecho de toda adolescencia cabal. Y yo -felizmente casado y ya un espléndido cuarentón, que diría Nanni Moretti montado en su Vespa- sigo esperando cada junio el verano del rayo verde mientras mi corazón recuerda las granizadas de Vivaldi. He ahí el origen de mi pataleta: que siendo el verano la única estación que promete dicha, es también la única que puede defraudar su promesa. Por fortuna, cada año los votos se renuevan y hoy llega, soñador, otro verano glorioso.
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