La UE ha defendido durante décadas, con sonoros traspiés e importantes avances, tanto la transición ecológica como la apertura de los mercados

Jóvenes hacen un 'selfie' en la central nuclear de Lemóniz.
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En Francia, la casi siempre noble y a menudo ingrata tarea de comunicar la ciencia al gran público se llama vulgarisation. Un término que aquí puede parecer ofensivo, pero que tiene una gran virtud: vulgar significa popular y también burdo, lo que subraya un riesgo inherente al periodismo científico, obligado a resultar accesible sin caer en groseras simplificaciones. La creciente politización del discurso público, donde cualquier afirmación se adscribe a una corriente ideológica, complica aún más la labor, aunque quizá la haga también más interesante... y más necesaria que nunca.
Por mucho que vulgaricemos, la realidad no siempre responde a esquemas preconcebidos. Por ejemplo, si definimos izquierda como la defensa de lo público y derecha como el impulso a la iniciativa privada, encontramos que las energías renovables están en manos de empresas e inversores particulares, mientras que la mayor compañía de energía nuclear de Europa, que opera en Francia y el Reino Unido, pertenece al Estado francés. Y Bélgica, que está modificando su política para prolongar la vida de sus nucleares, las quiere nacionalizar.
Visto así, las renovables serían de derechas y la nuclear, de izquierdas. Pero esto no es ninguna afirmación rigurosa, sino un intento de ilustrar lo endiablado del asunto. El ecologismo de derechas, una expresión quizá demasiado vulgar que ha hecho cierta fortuna en círculos políticos y mediáticos, no es un invento nuevo: la Unión Europea ha defendido durante décadas, con sonoros traspiés y también importantes avances, tanto la transición ecológica como la apertura de los mercados.
El éxito de las renovables, que ya generan casi la mitad de la electricidad que consumimos en Europa, se ha logrado con liderazgo estatal y ejecución privada. Más lenta, pero no menos significativa, ha sido la reducción de emisiones de carbono, cuyos derechos y cuotas se compran y venden de forma habitual. El proceso presenta importantes limitaciones, pero nadie puede decir que carezca de un mercado.
El supuesto hallazgo de que cuidar el medio ambiente es bueno para la economía es banal: las grandes compañías lo han incorporado hace años a sus valores corporativos. Pero es también peligrosamente tranquilizador: el agotamiento de nuestro actual modelo económico y el riesgo de colapso en numerosos ecosistemas son dos crisis reales, como también lo son sus víctimas. Salir de ambos atolladeros requiere identificar errores y corregirlos con criterios de racionalidad, inspirados en la evidencia científica. Algo imposible de hacer sin incomodar a nadie.






















