






















Actualizado
Cu�ntas veces asumimos la l�gica de los depredadores, de esos grandes tarados que ahora deciden guerra, ahora planean hambre, ahora ruina, que acumulan poder y dinero, mientras chapotean sobre el sufrimiento ajeno. Validamos su escala de valores, los criticamos, arrugando una ceja, s�, pero tambi�n los envidiamos, alzando la otra, cayendo en la trampa de colocarlos en la c�spide, junto al dinero y al poder, en una cima que solo existe en sus mentes.
La realidad es que la felicidad no entiende de pir�mides. Que ellos no son seres poderosos, sino pobres desgraciados que necesitan llenar el vac�o del trauma con delirios de grandeza.
Hace cuatro noches muri� mi madre, que no invadi� ning�n pa�s, que no acumul� riqueza ni manej� informaci�n reservada, que todo lo m�s que hizo con sus heridas fue un pu�ado de canciones bonitas cuando joven, y una enfermedad mental en la madurez que la hizo sufrir a ella m�s que a nadie.
La noticia de su muerte me pill� en el pueblo, nos pill� en la fiesta del Llovedor, ese rito antiguo de emborracharse para llamar a la lluvia. Nos dirig�amos a tomar la �ltima cuando me avisaron. Y fuimos igualmente a tomar esa �ltima. Y sent� una bondad que no gobierna el mundo pero lo mueve, la fuerza del amor, de la amistad, no como un premio de consolaci�n, no como una limosna emocional, sino como el aut�ntico poder, el �nico capaz de insuflar sentido a este disparate de estar vivo.
Los d�as siguientes, rodeada de gente querida me sent� triste y millonaria. Fr�gil y capaz de lanzar misiles Patriot contra la barbarie. Tan ef�mera y tan inmortal.
Me casar� con mi madre. Eso respond�a cuando me preguntaban de ni�a con qui�n me iba casar. Cuando ten�a cuatro o cinco a�os, un familiar me regal� un billete de cien pesetas, un tesoro en forma de papel sobado y marr�n, con la cara de un t�o ce�udo, calvo y con gafas, que yo cre�a cura y que result� ser Manuel de Falla. Baj� a la tienda de regalos de Las Palmeras, la urbanizaci�n donde verane�bamos, cuando a�n exist�an las tiendas de regalos y las urbanizaciones junto al mar, feas sin culpa, mucho antes del c�ncer de piel y de las manchas de vejez.
En cada escal�n notaba c�mo me iba creciendo algo misterioso dentro que me hac�a flotar, como si me hubiera tragado el sol o un melocot�n gigante. A�n no sab�a que aquello se llamaba amor.
Le compr� un horrible cenicero de cer�mica a mam�, ese fue mi regalo. Porque entonces los adultos fumaban en casa, en nuestra cara, contra nuestros pulmones.
Los due�os de la tienda, un matrimonio de bastante edad, decadentes en aquella tienda de souvenirs ya decadente, me preguntaron si quer�a que me lo envolvieran para regalo. Y al decir que s� se me sali� el sol por la boca.
En 1976, el a�o en que yo descubr�a el amor, en Argentina daban un golpe de Estado. El mundo no se par� entonces, como no va a pararse hoy, yo creo que gracias a todos esos gestos an�nimos, cotidianos, soleados.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。