Los niños no siempre existieron como tales. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad solo eran adultos más débiles, igualmente destinados al trabajo pero menos resistentes que sus réplicas maduras

Un bebé de pocos meses sonríe ante los arrumacos de su madre.
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El escritor argentino Santiago Gerchunoff ha dado a la imprenta un librito provocador titulado En la era de los niños cosa (Lengua de Trapo). La intención del autor, padre él mismo de dos hijas, es rescatar a los niños de la voluntad cosificadora de sus amantísimos padres, víctimas de una tiránica cultura del emprendimiento o materialismo histérico, que diría José Luis Pardo. Inglés, alemán, chino, guitarra, teatro, taller de inteligencia emocional, pin parental, geolocalización durante el día, audiolibro por la noche. Gerchunoff pretende devolver a los niños la autonomía que les está robando este extendido complejo de Pigmalión que concibe al vástago como una posibilidad de enmienda a las falencias vitales de papá o de mamá.
Los niños no siempre existieron como tales. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad los niños solo eran adultos más débiles, igualmente destinados al trabajo pero menos resistentes que sus réplicas maduras, razón de que a veces se murieran trabajando. Nuestro ensayista localiza el nacimiento jurídico de la infancia en el siglo XVIII, cuando se desarrollan las ciudades modernas y surge en ellas la chispa ilustrada, que empieza a codificar los derechos de la infancia como un estadio protegido de la vida humana. Lo interesante es que nuestra época parece converger con ese pasado premoderno. «Si en el Antiguo Régimen todos eran adultos, podríamos decir que ahora ya todos somos niños», constata Gerchunoff. De la era nietzscheana del superhombre a la era liliputiense del superniño.
Quizá Kant, al sacarnos de la minoría de edad intelectual, preparó el camino para volver a infantilizarnos. Nos hizo acreedores de derechos universales, pero descubrimos con asombro que al ejercerlos multiplicábamos el número de nuestras obligaciones, precisamente para garantizarlos. Nos emancipamos del señor feudal y del clérigo admonitorio, pero siglos después seguimos sin tomar el soberano control de nuestras vidas, o bien nos engañamos al respecto. Como si la vigilancia fuera nuestro estado natural, que pasa de hijos a padres. Ahora, incluso, vivimos esclavizados por nuestras mascotas. Gerchunoff se sorprende a sí mismo una noche de invierno paseando a su perra con una bolsa de caca caliente en la mano, y se acuerda de la noción de servidumbre voluntaria de La Boétie.
Hablando de caca. El autor cierra el libro rememorando aquella moda inquietante de las dietas autotróficas. La fiebre por la alimentación de las embarazadas llegó a extremos que habrían resultado grotescos fuera del amor pigmaliónico que caracteriza a los padres de hoy.
Todo empezó con un estudio que estableció la correlación entra la dieta de la gestante y el desarrollo neuronal del feto: cuanto más natural comía la madre, más se robustecía el cerebro del niño. Se desató entonces en la industria obstétrica una demencial competición por publicitar la dieta más pura. Hasta que aparecieron los puristas definitivos: los que sugirieron que ningún alimento tan natural como el metabolizado por la propia madre. Un experto apareció un día en un programa argentino de máxima audiencia y aseguró que si una madre llegara a alimentarse con sus propias heces entre el tercer y el quinto mes de embarazo, daría a luz a un niño más inteligente. Nadie indagó demasiado en las credenciales de aquel experto, que bien pudo ser un humorista, pero en todo caso la ironía se entiende mal en televisión.
Así nació la moda -ajena al circuito médico colegial, obviamente- de las mamás que comían mierda para incrementar la inteligencia de sus hijos. En ese submundo homeopático bucea Gerchunoff hasta documentar incluso la distinción entre lo que él llama «dieta marrón fuerte» (solo comían eso) y «dieta marrón blanda» (vencían el asco comiendo pastillas de caca saborizadas, importadas de China). El disparate no duró mucho. Terminó el día en que un instituto científico condescendió a la medición de los coeficientes de hijos de madres coprófagas. Resultaron tan tontos o tan listos como los demás.
La moda de las dietas autotróficas decayó inmediatamente. Pero en España aún registró un epígono salvaje. En las secciones de sucesos triunfó por unos días el epíteto de «la loca de Moratalaz». Aquella pobre mujer que, entre el tercer y el quinto mes de embarazo, dicen que se comió a su marido y a sus dos primeros hijos para mejorar al tercero.
Es increíble lo que un ser humano mal informado puede llegar a tragarse por amor.

























