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El bolso de Soraya Sáenz de Santamaría en el escaño azul de Mariano Rajoy pasó a la historia el 31 de mayo de 2018. Se convirtió rápidamente -de manera ipso facta, como diría Jésica Rodríguez- en el símbolo del presidente indolente ante la moción de censura que lo iba a descabalgar del poder para limpiar España de políticos ladrones. Esa tarde de jueves, Rajoy decidió irse a beber al restaurante Arahy en vez de dar la cara en el Congreso. El pueblo allí representado, o eso parecía, le daba lo mismo.
Este jueves, ocho años después, el Congreso ha aprobado un remedo de moción de censura contra Pedro Sánchez. Ya que no hay acuerdo para presentarla ni sobre un candidato alternativo, una mayoría de los parlamentarios le ha pedido que dimita. Esta vez el presidente sí estuvo sentado en su escaño. Sánchez no es un gallego escapista. ¡Hasta en esto se distingue de la derecha y la ultraderecha! Así que no vimos colocado en su sitio el maletín de Carlos Cuerpo (tampoco vimos a Carlos Cuerpo), sino quizá algo peor: al presidente riéndose a carcajadas.
Cualquiera diría que se estaba riendo del pueblo, indolente. La imagen pasará también a la historia. Mientras truenan los gritos de «dimisión», Sánchez, de pie, se aplaude a sí mismo -¿no le dijo su madre que eso no se hace?-, la sonrisa burlona. Se da la vuelta para apretarle la mano a Patxi López («¡Yo con Begoña!»), que incluso le da una palmada con la otra mano.
Sánchez sigue aplaudiendo y riéndose, con los diputados socialistas imitándole como niños, hasta que, mediante un gesto con la cabeza, le indica a Félix Bolaños que es la hora de marcharse. El país entero ardía de calor, pero nada comparado con el bochorno del hemiciclo.
Estamos en el final, eso lo saben todos. La pregunta ahora es cómo desaparecerá el sanchismo. Cuántos renegarán de haber colaborado nunca con Sánchez, de haberse ensangrentado a palmas. Los diputados que le aplaudieron el jueves y el Comité Federal que le aplaudió ayer son los mismos que aplaudieron a «Súper Santos Cerdán» y a Zapatero SL. Son los mismos que aplaudieron a Ábalos antes de los 24 años de cárcel pero con la fama ya ganada en el partido.
Los mismos que, gracias al Tribunal Constitucional, han aplaudido a Chaves y a Griñán. Algunos, en fin, aplaudieron incluso a Vera y a Barrionuevo delante de la cárcel. De eso hace mucho, pero da la medida de la indolencia: son los mismos que han acabado aplaudiendo con la sola compañía de Bildu, ex matones con bótox.
Así que ¿qué pasará cuando Sánchez se apague? Zapatero, por ejemplo, mudó en apestado. Luego, ante la urgencia de que un socialista histórico combatiera a Felipe González diciendo que todas las traiciones del PSOE estaban bien hechas, el presidente ordenó recuperarle.
Para eso hubo que retorcer la historia, claro: Zapatero, el del gran tijeretazo, pasó a convertirse en el héroe de los servicios públicos. Ahora sabemos -antes ya lo intuíamos; la teoría del shock es de una ternura altamente sospechosa, si no autocomplaciente- que en realidad era el héroe de los criminales internacionales. Veremos lo que ocurre con Sánchez. Quizá lo rehabilite algún socialista con problemas dentro de unos años.
A Rajoy, el del bolso y la Gürtel, no le va tan mal. Escribe afinadísimos artículos sobre el Mundial en El Debate.
Este jueves también sucedió algo importante en el Parlamento vasco. El PNV y Bildu aprobaron cambiar la Ley del Empleo Público rompiendo los -discutibles- consensos lingüísticos que regían desde los años 80. Lo ha explicado muy bien Josu de Miguel por aquí.
Hasta ahora había unos límites en la exigencia del euskera para optar a una plaza en función de la llamada «realidad sociolingüística». Como el uso real del español y del euskera no es igual en Hernani que en Bilbao, tampoco el nivel de exigencia para los funcionarios podía ser el mismo. Eso se ha acabado: decidirá la institución que convoque la OPE. Es decir, básicamente, PNV y Bildu. Hasta Sumar ha votado no junto a Vox, el PP y los socialistas vascos, que se han enfadado tanto con el PNV que seguirán en el Gobierno.
La verdad está ahí fuera: según el Deustobarómetro, el 80% de los vascos rechaza que deba darse aún más preferencia al euskera en el acceso al empleo público. Así que el asunto ha generado bastante tensión en el PNV, según ha reconocido el parlamentario Markel Olano, que pertenece al más abertzale PNV guipuzcoano, al que Aitor Esteban le debe su sorprendente ascenso.
A ello se suma el malestar social, y en el partido, ante el aluvión de ceros y notas bajas en el examen de euskera de la PAU que la Universidad del País Vasco, afín a Bildu, ha puesto a más de un centenar de alumnos que han cometido la osadía de no haber estudiado en inmersión total (modelo D). El PNV ha caído en la trampa de Sánchez en Madrid y en la de Bildu en Bilbao. Y la sonrisa de Arnaldo Otegi, más que bochornosa, es de las glaciales.
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