


















Resulta que las grandes potencias no tienen tanto poder como creían.
Tras asumir el cargo el año pasado, el presidente Trump impulsó sin complejos su visión de «la fuerza hace el derecho» para remodelar el orden internacional en torno a la esfera de influencia de Estados Unidos, una concepción del mundo no muy diferente a la de Rusia o China. El futuro parecía marcado por una frase repetida a menudo del historiador griego Tucídides: «Los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben».
La frase, pronunciada originalmente por las fuerzas invasoras atenienses a los condenados isleños de Melos en el año 416 a.C., ocupó un lugar destacado en el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, que causó revuelo en la conferencia internacional de Davos del pasado enero, en el punto álgido de la disputa de Europa con Trump por sus planes de apoderarse de la isla danesa de Groenlandia.
Sin embargo, ahora parece que los débiles no son tan débiles como muchos creían. Los fuertes tampoco pueden realmente hacer lo que quieren.
A pesar de haber gastado una parte significativa de su munición de largo alcance y de haber eliminado a gran parte de los líderes iraníes, el ejército estadounidense no ha sido capaz de lograr una victoria estratégica sobre una potencia media como Irán. Teherán sigue bloqueando el Estrecho de Ormuz. Su sistema teocrático sigue firmemente en el poder y mantiene la capacidad de lanzar misiles contra Israel y los Estados del Golfo, con el último intercambio de salvas esta semana.
Ucrania tampoco se ha derrumbado. Trump cortó la ayuda estadounidense hace más de un año y ejerció presión diplomática sobre Kiev para que cediera su región oriental de Donetsk, como parte de su acuerdo con Rusia en la cumbre de agosto en Alaska. A pesar de ello, Ucrania ha logrado cambiar el rumbo de la guerra contra Moscú, manteniendo la línea del frente e infligiendo golpes cada vez más dolorosos al corazón de Rusia.
Estos acontecimientos han puesto de manifiesto hasta qué punto los avances tecnológicos -como los drones y los misiles de precisión, mucho más baratos- han igualado el terreno de juego entre los Estados más pequeños y las grandes potencias que gastan cientos de miles de millones de dólares en sus fuerzas armadas. «Ucrania se encuentra en una posición mucho más sólida gracias a la superioridad tecnológica de la que dispone», señaló la ministra de Asuntos Exteriores de Letonia, Baiba Brae. Esta reducción de la brecha de poder a nivel mundial ha limitado lo que el poderío militar por sí solo puede lograr. China observa estas tendencias de cerca mientras contempla si podría, o debería, apoderarse de Taiwan.
Los conflictos que asolan el mundo son, por supuesto, diferentes en muchos aspectos. Ucrania es una democracia que libra una guerra de autodefensa contra una invasión rusa no provocada. El régimen represivo de Irán mató a miles de sus propios ciudadanos antes de que Estados Unidos e Israel lanzaran los bombardeos en el mes de febrero, y lleva décadas apoyando a milicias aliadas que desestabilizan Oriente Medio.
Sin embargo, todas estas guerras encierran una lección similar, afirmó el ministro de Defensa italiano, Guido Crosetto, en una entrevista. «El tipo de guerra al que estábamos acostumbrados, el tipo de guerra que Rusia tenía en mente en Ucrania -invadir y ocupar una nación- ya no es concebible», dijo. «Las guerras duran mientras una nación tenga la resiliencia y la voluntad de resistir. Conquistar una nación cuando sus ciudadanos están dispuestos a luchar es imposible, incluso cuando existe una disparidad de fuerzas como la que había entre Rusia y Ucrania, o más aún entre Estados Unidos e Irán. Es difícil incluso para Israel, que aún no ha tenido éxito contra Hamas en lo que es, prácticamente, solo una ciudad».
El cambio de régimen -el objetivo de Rusia en Ucrania y, al menos inicialmente, el de Estados Unidos en Irán- ya no puede lograrse solo con la fuerza de las armas en el mundo moderno, coincidió el general Onno Eichelsheim, jefe de Defensa de los Países Bajos.
«Es casi imposible conquistar tales naciones con toda la capacidad de la que se dispone, ya sea Estados Unidos contra Irán o Rusia contra Ucrania», afirmó Eichelsheim. «Y si no se tiene éxito en las dos primeras semanas, se acaba en una situación de estancamiento que es muy difícil de romper. Si se quiere lograr algo, hay que lograrlo muy, muy rápido».
Los límites de las capacidades de las grandes potencias no son nada nuevo. En el pasado, tanto Washington como Moscú han sufrido reveses en guerras en el extranjero. Estados Unidos tuvo que retirarse de Vietnam. Ambas potencias acabaron derrotadas en Afganistán. El historial de Estados Unidos con la ocupación de Irak es, en el mejor de los casos, desigual.
Sin embargo, en estos casos, las grandes potencias tuvieron que rendirse debido a insurgencias prolongadas y dolorosas que siguieron a las victorias militares convencionales y que, con el tiempo, minaron el apoyo interno a la guerra. Ya no es así. Los tanques rusos no han podido llegar a Kiev en más de cuatro años de guerra, y los avances rusos en el campo de batalla se han detenido prácticamente por completo. Estados Unidos ni siquiera intentó operaciones terrestres en Irán, sabiendo perfectamente cuántas bajas estadounidenses supondría.
Con la revolución de la guerra con drones impulsada por el conflicto entre Rusia y Ucrania y la capacidad de Irán para desarrollar un vasto arsenal de misiles balísticos de largo alcance de gran precisión, la enorme ventaja del ejército estadounidense en poder aéreo, inteligencia y reconocimiento se ha visto parcialmente contrarrestada. Esto ha hecho impensable una ofensiva blindada convencional hacia Teherán al estilo de la invasión estadounidense de Irak en 2003. La rápida destitución del hombre fuerte de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero -que en su momento parecía una operación precursora de lo que estaba por venir, avivando el apetito de Trump por Groenlandia e Irán- parece ahora una rara excepción más que un presagio del futuro ejercicio del poderío estadounidense.
China está prestando mucha atención a todo esto. «Antes de la guerra en Ucrania, la gente creía que Rusia era la segunda potencia militar del mundo. Ahora, las potencias militares más fuertes están todas involucradas en guerras, y estas guerras no están yendo tan bien», afirmó el coronel retirado Zhou Bo, antiguo director del Centro de Cooperación en Seguridad del Ministerio de Defensa de China y actualmente investigador principal en la Universidad de Tsinghua de Pekín.
La principal conclusión que debería sacar China es la oportunidad de invitar a expertos rusos a compartir sus conocimientos sobre la guerra moderna con drones, añadió: «China es el mayor productor de drones, pero no sabemos cómo utilizarlos militarmente hablando, en realidad. Solo los países que han utilizado drones en el campo de batalla pueden decirte cuán eficaces son realmente».
La frase de Tucídides, que durante mucho tiempo ha sido un axioma de la llamada escuela realista de las relaciones internacionales, es una expresión de crudo fatalismo más que una guía para la realidad mundial, mucho más complicada, advirtió el académico singapurense Bilahari Kausikan, que trabajó como embajador de la nación insular ante las Naciones Unidas. Si fuera cierto, bromeó, un país pequeño como Singapur habría sido engullido por sus vecinos hace mucho tiempo.
«Todos los países tienen capacidad de acción, incluso si se encuentran en circunstancias extremas. Pero tener la perspicacia para reconocer esa capacidad y el hecho de ejercerla son cuestiones diferentes», afirmó Kausikan.
A diferencia de Ucrania e Irán, señaló, es posible que Taiwan no tenga la voluntad de ejercer esa capacidad de acción porque Pekín está logrando cada vez más minar la determinación de la población para resistir una posible operación militar china en el futuro. Rechazando la propuesta de rearme del Gobierno, el Parlamento de Taiwan, dominado por la oposición, aprobó en mayo un paquete de gasto militar especial mucho más reducido, de 25.000 millones de dólares, que recortaba, entre otras cosas, la financiación para drones de diseño nacional y capacidades de guerra asimétrica. La nueva líder de la oposición, Cheng Li-wun, ha visitado al presidente chino, Xi Jinping, y ha adoptado una postura mucho más conciliadora hacia Pekín.
«Les digo a mis amigos taiwaneses -sin mucho éxito- que han sacado la lección equivocada de Ucrania», puntualizó Kausikan. «La lección no es que las democracias ayuden a otras democracias. La lección es que los ucranianos se ayudaron a sí mismos, y entonces otras personas estuvieron dispuestas a ayudarles».
Filipinas también se encuentra enzarzada en una disputa con Pekín, y podría enfrentarse a un problema similar en cuanto a la determinación de resistir si estalla la guerra. «Nuestras poblaciones han estado protegidas de la realidad del conflicto. Lo que se enseña es una cultura de paz pasiva al estilo de Gandhi», lamentó el secretario de Defensa de Filipinas, Gilberto Teodoro Jr. «Pero para tener eso es necesario contar con un sólido escudo de defensa que asegure un entorno político capaz de garantizar la seguridad de todos aquellos que apoyan la no violencia».
En su discurso en Davos, Carney -cuyo país es a veces señalado por Donald Trump como el futuro estado número 51- argumentó que las potencias medias como Canadá no tienen más remedio que cooperar con naciones similares para evitar la «subordinación» a las potencias hegemónicas mundiales. Desde entonces, las naciones europeas, las democracias asiáticas y Canadá han tomado medidas para fortalecer sus lazos militares, económicos y de seguridad, en parte para contrarrestar su dependencia de Estados Unidos y de China.
«Si se unen, las potencias medias pueden hacer frente a las grandes potencias», afirmó el politólogo francés Nicolas Tenzer. «Ninguna de ellas puede hacerlo sola, pero juntas tienen formas de imponer decisiones, ya sea militarmente o en términos de derecho internacional. Hay margen de maniobra, aunque eso no significa que vaya a ser fácil».
La historia es una guía sobre los peligros de la arrogancia de las grandes potencias. Allá por el año 416 a.C., la negativa a someterse a Atenas, la superpotencia de la Antigüedad, acabó mal para los isleños de Melos. Todos sus hombres, como señaló Tucídides, fueron masacrados, y las mujeres y los niños, esclavizados. Sin embargo, al final, tal prepotencia imperial se volvió en contra de Atenas: perdió la guerra más amplia por el dominio de Grecia..
Contenido con licencia de 'The Wall Street Journal' (Traducido del inglés por F. Ruiz)
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