Dado que el dinero público es de todos y no de nadie, constatar que algunos disponen del mismo a su antojo resulta letal para la salud de la comunidad política

Juicio en el Tribunal Supremo por el caso mascarillas.EL MUNDO
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¿Qué se puede decir de un país cuyo presidente del Gobierno sale en TikTok poniendo «un poquito de incienso» en su despacho y luego se embute la zamarra de la selección española para celebrar la cifra de afiliaciones a la Seguridad Social, prólogo de una semana inolvidable en la que desfilaron por el Tribunal Supremo esas mujeres a las que José Luis Ábalos colocó en distintas empresas públicas sin que casi nadie rechistase y en la que se hizo público informe de la Guardia Civil que confirma la negligencia de Adif en el accidente de Adamuz, desmintiendo así las versiones presentadas por el ministro Puente, sin que nadie asuma las responsabilidades políticas correspondientes?
Poco bueno, me temo. De hecho, a estas alturas convendría preguntarse por el efecto que la larga y triste película de la corrupción peninsular —de Pujol a Gürtel, de los ERE al entorno de Sánchez— tiene sobre el cuerpo político español, sometido desde la eclosión del 15-M a una retórica higienista que contrasta dolorosamente con la realidad que encontramos en periódicos y juzgados. El interrogatorio televisado de las amantes ministeriales no solo ha coincidido con la difusión de unas imágenes en las que vemos a Ábalos y Koldo vivir la dolce vita con cargo al erario público en Punta Cana o Venecia, sino también con el momento en que los españoles abren el programa PADRE —honra al anónimo genio orwelliano que eligió ese nombre— para saber cuánto deben aún a esa Hacienda que rehúsa deflactar el IRPF pese al proceso inflacionario padecido en los últimos años.
Ocurre que la genérica defensa de «lo público», tan habitual en nuestro oficialismo, debe acompañarse de una gestión ejemplar que muestre el debido respeto por unos ciudadanos que también son contribuyentes. Dado que el dinero público es de todos y no de nadie, constatar que algunos disponen del mismo a su antojo resulta letal para la salud de la comunidad política. Que semejante espectáculo faccionalista se produzca siete años después de la llegada al poder de un líder socialista que enarboló la bandera de la regeneración democrática constituye la guinda de un pastel envenenado que de manera inevitable provoca resignación (nada cambiará nunca) y cinismo (el que no corre vuela). Así que el 15-M desemboca en Jésica y si Feijóo tuviera mañana el acierto de proponer una reforma europeizante que protegiese al funcionario del político, ¿quién llegaría a creerlo? Hoy, por cierto, se vota en Hungría: tan lejos, tan cerca. ¡Atentos!



























