


















Nuestros racionalistas no se esperaban a un Papa tan razonable

Rufián saluda al Papa en una pantalla del Congreso.MUNDO
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En un mundo gobernado por una colección de villanos de cómic, es normal que el Papa León XIV despierte simpatías transversales. Ayuda la cara afable, los ojos entornados que escuchan y los restos visibles de una timidez vencida a fuerza de humildad: la que hace falta para cargar con la pompa del oficio sin aspavientos, llevándola como peso heredado y no como disfraz. Se aparta ahí de Francisco, que si rechazaba la púrpura era para que reparásemos en lo poco que la necesitaba. Mi momento favorito de su periplo por España ha sido su discurso en el Congreso de los Diputados, pieza oratoria perfectamente calibrada, cautivadora e inteligente. Como su contenido ha sido ya muy glosado, me quiero detener en algunas amonestaciones que ha recibido por parte del sector racionalista ilustrado, dicho sea sin asomo de ironía. Creo que nuestros racionalistas -y aquí sí hay una brizna de ironía- no se esperaban a un Papa tan razonable. Su estrategia ha sido, por tanto, sacar levemente de quicio lo que León XIV hizo en el Congreso. Para Arcadi Espada fue «exponer las líneas maestras de su programa político»; para Félix Ovejero, «dar instrucciones morales sobre leyes que nos afectan a todos». No hay para tanto. Lo que hizo León XIV fue dar su opinión, eso es todo. ¿Con pretensión de verdad? ¡Como tantas opiniones! Es cosa ya entendida: la separación entre Iglesia y Estado -batalla feroz y ganada- impide que ninguna iglesia tenga el monopolio para definir el bien público. No supone que debamos poner sordina a la palabra pública de los creyentes o desdeñar de entrada su valor en debates que interesan a toda la ciudadanía. Cierto, el Papa invocó una legitimidad previa a la deliberación asamblearia, pero todo constitucionalismo liberal ya postula medidas que preceden y superan a la mayoría: los derechos fundamentales son exactamente eso, vetos que la asamblea no puede levantar por mucho que vote. Por usar la misma fórmula de Ovejero, al final de los pasillos laicos también hay dioses, metafísicas de las que no sabríamos dar cuenta. El Obispo de Roma va con la suya por delante. Por lo demás, si del cura hacemos caricatura, y lo reducimos a su estereotipo fanático y oscurantista, Espada, Ovejero y yo acordaremos rápido que en los escaños del Congreso se sientan curas todos los días, empezando por los nacionalistas, chirriantes violines de una cuerda que a todas horas salmodian su monoteísmo lingüístico. A la luz de los discursos de unos y otros, yo iría más lejos: el 8 de junio había muchos curas en el Congreso y ninguno era Prevost.
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