Pasear tranquilamente por la calle es una de esas conquistas irrenunciables que nadie defiende cuando algún integrado acaba por desintegrarse

Un Policía recoge pruebas en BelfastAFP
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VI EL VÍDEO de otra carnicería boutique. Un inmigrante africano apuñala en la cara a un vecino de Belfast. Sentado sobre su cuerpo, intenta degollarlo con un cuchillo casero o un cúter. No sé. Es una herramienta pequeña hasta para degollar gatos. Podría haber desalojado el origen de los dos protagonistas del suceso, pero me habría quedado sin columna nada más empezar, así que sigo por aquí, mareado de dar vueltas a un asunto incomodísimo. Es jodido escribir a borbotones, pero es más jodido formar parte del gran apagón de las interpretaciones. Un estado somnoliento acaba por maniatar a los comentaristas cuando un inmigrante atropella a una multitud en el centro de una ciudad. O una multitud de inmigrantes viola a una chavala. Basta con observar el silencio. En un entorno mediático forjado por la urgencia en llegar a las conclusiones, nadie ofrece soluciones a vuela pluma, no hay una valoración urgente de los hechos, no se trazan patrones, tampoco se producen las interpretaciones políticas habituales que sacan partido, por ejemplo, a las violencias obstétricas que sufren las mascotas en manos del veterinario; pasear tranquilamente por la calle es una de esas conquistas irrenunciables que nadie defiende cuando algún integrado acaba por desintegrarse.
Es raro. El ambiente está cargado de sobreentendidos. Los muertos o los heridos o los mutilados o las violadas van haciéndose bola porque no hay un diagnóstico, ni un observatorio ni arrojo. Se supone que un presunto problema inexistente debería solucionarse solo, tal y como surgió. También es sospechosa la asepsia aplicada a una conversación pública contaminada con todo tipo de comentarios ventajistas, a veces bochornosos y sin patente de calidad, al ciudadano le alcanzan tropezones de opiniones sobre los asuntos más banales. Va virándose enfermiza la necesidad de callar cuando suceden algunos espectáculos sangrientos en el corazón de las ciudades, sobre todo si el origen ha importado otras veces. Sin buscar en Google: como aquel chaval de Burgos que mató a uno de Valladolid. O la ideología: Rodrigo Lanza golpeó con una barra de hierro a un hombre por llevar tirantes de la bandera de España. La muerte de Carlos Palomino, el antifascista adolescente asesinado en el metro por la puñalada de un neonazi. Aquellos violadores, además de guardias civiles, eran sevillanos.
La condescendencia es el racismo más puro. Y de esa esquina es probable que nadie vuelva indemne.























