Trasladar la obra de Picasso a petición del nacionalismo vasco supondría escupir sobre la tumba de los republicanos muertos en combate

El 'Guernica', en el Museo Reina Sofía.
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No se le puede negar coherencia a don Urtasun, que ha recibido la alta encomienda de descolonizar nuestros museos, al negarse a colonizar el Guggenheim vasco con obra tan española como el Guernica, cuadro que no se explica sin la acreditada pasión taurina de su autor. Es verdad que los toros no le son ajenos al PNV -Erkoreka es un fijo en la barrera de Vista Alegre-, pero menos ajeno aún le resulta el fascismo.
Me refiero al fascismo de verdad: el de 1937. El año en el que los hijos de Sabino Arana se abrazaron a los hijos de Benito Mussolini en Santoña. La caída de Bilbao en manos del bando sublevado era inminente, así que los heroicos gudaris decidieron dejar la lucha antifa para los de Teruel y traicionar a la República pactando a sus espaldas con los camisas negras del Corpo Truppe Volontarie.
¿Episodio aislado? ¿Pacto contra natura? No tan rápido. Si reparamos en que ETA nació como una escisión radical del PNV, comprenderemos que los etarras son los legítimos legatarios del oscuro abrazo de Santoña. Porque el fascismo no es nada más que la justificación de la violencia en aras de un ideal nacionalista, y a eso exactamente se dedicaron los amigos de Otegi durante medio siglo, hasta anteayer. Por eso cuando Otegi ubica a Ayuso en el bando de la Legión Cóndor por despachar como una «catetada» la demanda del traslado del Guernica, solo está ejecutando (su verbo favorito) una maniobra de proyección: en ocasiones ve fuera el fascismo que lleva dentro.
Teniendo en cuenta que el Guernica fue encargado y pagado por la República a la que el PNV traicionó, trasladarlo a petición del nacionalismo vasco supondría escupir sobre la tumba de los republicanos muertos en combate contra los fascistas de verdad. Lamentablemente el ministro de Cultura no supo o no quiso invocar este argumento: como no olvida de qué votos depende su cargo, se limitó a citar el informe técnico que desaconseja mover un lienzo ya suficientemente viajado que no debe estar en ningún otro sitio que en Madrid, rompeolas de todas las Españas: la primera, la segunda y la tercera.
El senador del PNV replicó a Urtasun que todo es cuestión de voluntad política. Sonó un poco a chiste de Aitor que le dice a Patxi no hay huevos a traer el Guernica. Pero es peor que una catetada. Es la necesidad de lavarse la mala conciencia de un pueblo que cultiva el bucle melancólico del victimismo para no tener nunca que mirarse al espejo. No sea que descubra la imagen del verdugo.



























